SERIAL

Sinopsis

El caso de El Leñador desencadenó un aumento de la criminalidad en la ciudad y ahora aparecen asesinos, ladrones y secuestradores en abundancia, de forma que se ha tenido que crear un cuerpo especial de investigadores dedicados únicamente a combatirlos.

Lo que los investigadores no saben es que su ciudad es el territorio de caza de El Leñador, y los malhechores que aparecen únicamente quieren robarle el territorio al asesino del hacha.


SERIAL – LdA

Los zapatos de los inspectores chapoteaban sobre el asfalto maltratado por los años. Aunque no hubiera llovido el día anterior, siempre había extraños charcos de una sustancia oscura y acuosa. Bien podría ser sangre, o quizá simplemente agua impregnada de contaminación; pero seguramente era orín acumulado de la multitud de borrachos que pasaban por el lugar y descargaban antes de llegar al metro.

—La víctima salió del local al otro lado de la calle hacia las dos —supuso uno, de aspecto veterano y cansado, mientras se encendía un cigarrillo y su compañero observaba el cadáver frente a ellos, entre dos contenedores de basura.

Lázaro Sánchez, de cuarenta y cinco años, era un hombre alto y de complexión fuerte y ancha; de cabello oscuro y canoso, medianamente rizado, y una permanente barba de dos días. Ojos marrones y cansados de tanto trabajar y trasnochar, pero siempre tenía tiempo para mantenerse en forma con tal de poder correr detrás de los criminales sin cansarse. Aquella noche vestía traje gris y una gabardina beige ya desgastada.

—¿Es que lo han reconocido? —dudó el otro, y levantó ligeramente la visera de su sombrero fedora negro para intentar distinguir alguna facción en el rostro hundido del mutilado.

Edgar Zapata, de treinta años de edad y casi tan alto como su medianamente nuevo compañero, no se cuidaba tanto como Lázaro por comer demasiadas comidas altamente calóricas. Su cabello castaño claro escondido tras el sombrero se aguantaba hacia atrás gracias a la gomina, oscureciéndolo. Y sus ojos, de un azul claro, llamaban mucho la atención en tan sombrío lugar. Aquella noche vestía como la noche anterior, el mismo traje negro y arrugado y la americana a juego con el sombrero, también negros.

—Ni idea. Pero a estas horas únicamente pasan por aquí oficinistas ebrios que se lo han gastado todo en cerveza y no tienen para pagar un taxi —suspiró Sánchez, exhalando el humo lentamente y dejando paso al fotógrafo ayudante del forense—. Lo encontraron los últimos clientes del mismo local a la hora de cerrar, hacia las tres. Y según los testigos el cuerpo aún “chorreaba”, “la sangre le salía a borbotones de la boca” —citó a la vez que leía las anotaciones de su smartphone.

El de sombrero fedora, Zapata, se acuclilló y se sacó un bolígrafo del bolsillo de la americana. Era uno de esos bolígrafos que regalan de forma promocional para que siempre que escribas veas el número de teléfono de la empresa. Y sin embargo nunca funcionan como deben; así que siempre los acababa usando para toquetear todo lo que necesitaba sin tener que mancharse.

Apartó con la punta del utensilio un pedazo de tela aplastada contra la carne de la pierna del cadáver y pudo coger la cartera con un guante de látex. Después, con la ayuda de otro guante, la abrió y pudo sacar la identificación de la víctima.

—“Óscar Garrido”, treinta y ocho años, nacido aquí y vive aquí. ¿Tiene algo que ver con Helena Rueda? —preguntó, más por curiosidad que por tener una pista.

—No creo. El barrio donde la encontramos está lejos de este y la chica era únicamente una estudiante que volvía tarde a casa. Pobrecilla… ¿Ves algo?

—Solo el mismo modus operandi. Aplastamiento y puñaladas. El cadáver a la vista y en un lugar por el que suele pasar gente poco tiempo después…

—Y un poema de regalo —añadió Sánchez, y encuadró el texto de la pared escrito en sangre para hacerle una fotografía.

Así en las sombras me escondo,
y en los huesos toco hondo.

LdA

—“LdA”… Parece una continuación de los versos de ayer —meditó Zapata—. Tiene toda la pinta de ser un nuevo asesino en serie.

Acto seguido, se levantó y estiró las arrugas del pantalón para que le quedara igualado. Sánchez rezongó y volvieron al coche donde pudieron dar un sorbo a los cafés, ya fríos, y quedarse en silencio como tan a menudo hacían. Cada uno pensaba por su lado y nunca hacían una suposición en voz alta sin estar completamente seguros. Les gustaba tener su propio espacio dentro de la convivencia de la investigación de asesinatos en el turno de noche. Estaban demasiado acostumbrados a hacer todo el trabajo mientras su compañero no hacía nada.

Sin embargo, desde el momento en el que apareció el Leñador —un asesino en serie que cortaba los cuerpos, los apilaba y les prendía fuego—, el inspector en jefe los juntó para doblar las posibilidades de atraparlo.

—Inspector Zapata —se asomó a la ventana del copiloto un agente—. ¿Algo que indicar a los forenses?

Siempre le preguntaban a él por los aspectos técnicos. Es más, lo usaban de intermediario tan a menudo que rápidamente descubrió que Sánchez tenía fama de borde entre los compañeros de la comisaría.

—Que miren si hay huellas en las letras de sangre. Y también queremos un informe detallado de las incisiones y los golpes esta noche —respondió sin dejar de mirar sus notas manuales, mucho más fiables que la tecnología.

En cuanto el agente se retiró, Sánchez arrancó el motor y se rio sin soltar el cigarro.

—Querrás decir “a primera hora de la mañana”, Edgar —corrigió el veterano al joven.

—¿Ya son las cinco menos diez? —se sorprendió el susodicho—. ¿Cuánto rato hemos estando “meditando”, Lázaro?

—Ni idea. ¿Te dejo en casa? —preguntó Sánchez, más por costumbre que por otra cosa.

—Supongo que intentaré dormir —suspiró Zapata, apoyando la cabeza contra el cristal y perdiendo el sombrero por el camino.

Lázaro cogió la siguiente calle a la izquierda y Edgar se fijó en que el retrovisor estaba tan torcido que podía verse la cara. Sus ojos, antes completamente azules, estaban apagados por el cansancio acumulado y ya se le notaba una barba morena de tres días. Y pensar que antes siempre conseguía dormir siete horas seguidas…Tenía ganas de relajarse, pero aunque le daba mucha pereza ponerse a trabajar de nuevo sabía que no conseguiría conciliar el sueño.

 

Al rato, Edgar se bajó del coche y se despidió de Lázaro, que al fin se pudo quedar a solas con sus pensamientos. Nunca se podía concentrar del todo con el treintañero cerca. Tenían métodos diferentes, aunque era irónico que él se hubiera adecuado a las tecnologías modernas y Zapata estuviera estancado en su pequeña libreta de apuntes.

Aprovechando un semáforo en rojo, Lázaro observó las fotografías sobre el caso que tenía en el smartphone y los dos “poemas” que el asesino había dejado en las escenas del crimen. Ambos tenían una rima estúpida y simple, así como la característica de estar escritos con la sangre de la víctima correspondiente y la firma “LdA” al final:

Se hace la noche

y salgo a cazar en coche.

Así en las sombras me escondo,

y en los huesos toco hondo.

LdA

Y no tenían nada más. Los cuerpos estaban destrozados, sin un patrón concreto, y no había testigos visuales. Ni siquiera los propietarios de las viviendas cercanas habían oído nada. ¿Cómo lo hacía el asesino para callar a sus víctimas mientras las destrozaba? ¿Eran asesinatos al azar o tenían algo en común? Con dos cuerpos, era difícil buscar puntos comunes, pero tampoco le hacía gracia tener que esperar a un tercero para que se denominara al asesino como “oficialmente serial”.

Bueno, también sabían que ambos cuerpos habían sufrido aplastamientos y puñaladas desiguales por todo el cuerpo. Miró el informe forense de Helena Rueda e intentó imaginar qué tipo de arma aplasta y apuñala a su vez. Según la descripción de las marcas: una única arma que incide en el cuerpo y a su vez aplasta la zona; las incisiones eran en forma de punzón y con un diámetro máximo de medio centímetro; los aplastamientos también tenían forma circular. Las otras anotaciones del forense hacían referencia a que el asesino parecía ser zurdo por la trayectoria de los golpes y que el arma tenía un mango de no más de un metro. Así que tenían entre manos un asesino con algo similar a un martillo redondo con pinchos…

Entonces, la ceniza del cigarro le cayó en el pantalón y levantó la vista justo cuando el semáforo volvía a ponerse en rojo. Suspiró y miró tras él. No había nadie más en la carretera y se alegró. Y en cuanto se vio los ojos en el espejo retrovisor central, tuvo una idea.

Volvió a abrir el informe forense y observó que ambas víctimas tenían un “martillazo” en la cara, en la zona de la boca. Entre tanto golpe podía parecer casualidad pero bien podía ser una explicación a por qué una estudiante y un oficinista en pleno uso de sus facultades mentales no habían pedido ayuda a gritos: simplemente no podían.

Por último, tenían una firma que bien podría ser una pista; así que dio un acelerón y se encaminó a su propio piso para seguir con el hilo de sus pensamientos.

 

Al final, Edgar se veían incapaz de dormir. Frente a él tenía una lista de los nombres de las víctimas y miraba la pantalla del ordenador sin saber qué buscar.

Hasta hace unos minutos estaba en su cama tan tranquilo y antes de darse cuenta ya estaba repasando pistas. No quería otro asesino en su ciudad. Ya tenían suficiente con uno.

—“LdA”, “L – D – A”,… —susurraba Zapata en voz alta mientras lo escribía en el buscador tal cual estaba escrito en la firma.

Y le salieron resultados de fútbol, pero él buscaba otra cosa. Así que escribió detrás “arma” y tuvo que pasar a la búsqueda por imágenes para poder ver los resultados de una forma más clara. Pero ahora tenía un montón de imágenes de pistolas en pantalla.

Así que se fijó en su anotación sobre un posible martillo con clavos como arma según lo que había leído en el informe y borró “arma” para escribir “martillo con clavos”. Al pulsar intro se arrepintió de la tontería y cambió “martillo” por “maza”, que le pareció un término más concreto.

Volvió a pulsar intro y esta vez obtuvo un resultado más satisfactorio: mazas, garrotes y hachas. Pero lo que más le llamó la atención fue un arma en forma de maza redonda y con pinchos, con un mango recto en vez de cadenas. «Ya está. Es esto», se dijo a sí mismo.

—“La clava o maza de hierro…” —comenzó a leer, pero entonces no le cuadraba lo de “LdA”.

Así que volvió al buscador de webs y escribió “maza de hierro wikipedia”. Descartó el mangual por tener una cadena entre el mango y la maza en sí y abrió la descripción de “maza” en la Wikipedia. Leyó en diagonal hasta que se encontró con “Tipos de mazas” y sonrió de forma triumfal.

—Con que un Lucero del Alba, ¿eh? —preguntó a la nada—. Es un nombre demasiado bonito para un asesino que destroza a sus víctimas, pero supongo que tienes muy claro cómo quieres que te llamen.

En aquel momento, como si estuvieran conectados telepáticamente, el móvil de Zapata vibró y dejó ver un mensaje de Sánchez que decía: “El asesino usa algún tipo de maza”. Y Edgar, extrañado como siempre de su buena ortografía, decidió contestar: “Creo que puede tratarse de un lucero del alba. Míralo”

 

Al día siguiente, mientras hacían un par de preguntas a los familiares de Oscar Garrido, recibieron una llamada y tuvieron que dejarlo todo a medias para acudir a otra cita con el asesino del Lucero del Alba.

 

—Al menos el Leñador está inactivo —apuntó, optimista, Lázaro mientras Edgar conducía. Tenían la costumbre de cambiarse los turnos.

—O nos deja espacio para que atrapemos a Lucero del Alba y así pueda seguir a lo suyo —propuso el otro.

—¿Tú crees?

—Supongo que verá las noticias como todo el mundo. Y dentro de poco se nos echarán encima por incompetentes… ¿Tienes alguna idea que no haya tenido? —preguntó, esperanzado, más por saber que por marcar el hecho de que siempre descubrían lo mismo aun trabajando por separado.

—Supongo que habrás visto que aplastó las manos de la víctima en ambos casos…

—Pues no. Estaba demasiado centrado en el arma y en hacer que buscaran dónde pudo haberla comprado.

—Bueno. Pues depende de cómo este el de ahora veré si mis suposiciones son ciertas.

—Espero que sea así —suspiró Zapata mientras aparcaba junto a los coches patrulla.

Así que lo primero que hicieron fue mirar las manos de la nueva víctima. O, mejor dicho, las nuevas víctimas.

—¿Ahora dos? —se ofendió Lázaro y Edgar se colocó bien el sombrero mientras observaba las manos sin ascos.

—Todas aplastadas —concluyó—. ¿Cuál era tu teoría?

Pero su compañero no respondió al instante. Se quedó mirando los dos cuerpos sin vida, sentados contra la pared del callejón sucio y cogidos de la carne machacada que antes eran sus manos.

—Teniendo en cuenta que las huellas encontradas en los poemas anteriores no coinciden entre sí, creo que lo más probable es que el asesino use los dedos de las víctimas para escribir.

—Aja…

—Ya sabes que no me gusta suponer, pero tampoco tengo nada que lo pruebe.

—Haremos que busquen las huellas de las víctimas en sus viviendas y las comparen con las de los versos —solucionó el problema mientras señalaba a un agente que pasaba por allí, que asintió sin más—. Ahora los nuevos poemas. ¿Tendrán algún orden específico o son simples versos al azar?

Soy la luz en la oscuridad,

pero no puedes ver la verdad.

LdA

Me gustaría gozar de tu compañía.

Noche tras noche, día tras día.

LdA

—Creo que se cachondea de nosotros y le dedica estas atrocidades alguien —soltó Sánchez, expresando lo primero que le vino a la cabeza—. Y creo que no estamos frente a un asesino demasiado inteligente.

—Yo creo que simplemente busca a alguien y que nada de esto va para nosotros —razonó Zapata mientras sacaba otro bolígrafo de la americana con intención de buscar las carteras de los cadáveres; pero un agente le pasó dos bolsas de pruebas con las identificaciones de las víctimas—. Gracias, agente. Aquí tenemos a Laura Mendoza a la izquierda y bajo un poemilla; y a Antonio Enares a su derecha bajo el otro poema.

—Creo que se llaman estrofas, inspector —lo corrigió el fotógrafo del forense, y Edgar le respondió con una mirada poco amistosa.

—Como sea. Por cierto, creo que sí estamos frente a un asesino inteligente —rebatió la suposición anterior de su compañero—. Puede que el hecho de que las rimas sean simples signifique que has sido forzadas de esta forma.

—¿Forzadas? —Sánchez levantó una ceja, incrédulo.

—Para que nos fijemos en eso y dejemos de darle importancia al resto de palabras.

—¿Entonces qué pretende?

—Si busca a alguien, los versos indicarán algún lugar en el que quiera quedar con esa persona.

—Bien. No debemos dejar que la prensa dé a conocer las estrofas. Y, si lo hacen, que cambien palabras.

 

Una vez todos en movimiento, ambos inspectores volvieron al coche y siguieron con su rutina.

—Se me hace raro hacer esto de día —expresó Sánchez mientras se encendía otro cigarro.

—Son las seis de la tarde, así que si fuera diciembre ya sería de noche. No le des más vueltas —respondió Zapata, totalmente concentrado en su libreta.

—Hablando de diciembre… ¿Esto no se parece a lo del año pasado? —cayó en la cuenta el veterano.

—El año pasado… —meditó el joven—. ¿Te refieres al caso del payaso aquel que secuestraba niños y dejaba notas que no eran para los padres? No lo seguí demasiado porque ya estaba con el caso del Leñador.

—Yo ayudé con el caso y había algo que no me cuadraba, como con este.

—¿A qué te refieres? —le picó la curiosidad al otro, esta vez dejando de mirar su libreta.

—Esto nunca se dijo a la prensa pero… cuando encontramos el escondite del secuestrador y sacamos a los niños de allí, ya estaba muerto.

Ante tal confesión, Edgar se irguió en el asiento y miró a los ojos de su compañero, completamente interesado.

—¿Qué quieres decir con que ya estaba muerto? Se dijo que tuvieron que abatirlo porque iba armado.

Fue mentira. Encontramos el cadáver del secuestrador hecho pedazos junto a una botella de queroseno y unas cerillas, aparte de una nota.

—¿El Leñador mató al secuestrador? —preguntó Zapata, incrédulo.

—Lo mató, lo dejó para que supiéramos que había sido él y encima nos dejó una nota hecha por ordenador que decía “De nada”.

—Os hizo el trabajo sucio y se rió de vosotros.

—Sí. Y después de eso repasé las notas del secuestrador y… creo que buscaba la forma de contactar con el Leñador, como este otro asesino.

—¿No crees que es mucho suponer? —intentó calmarlo su compañero.

—Eso me pasa por no dormir —negó con la cabeza Lázaro mientras arrancaba el motor y tomaban la primera calle en dirección a la comisaría.

Edgar se quedó mirando hacia afuera, como siempre, observando a la nada y a la vez a algo más allá de las calles, los edificios y las personas.

 

A los pocos minutos se giró hacia su compañero y le espetó:

—¡Para el coche, Lázaro!

Y del susto, el otro pisó el freno y paró en seco mientras Edgar se apeaba y salía corriendo. Por lo que Lázaro lo siguió y en pocos segundos se encontraban en un callejón a menos de quinientos metros de la escena del crimen.

Ante ellos, una silueta completamente negra y bañada en sangre escribía en la pared con un dedo ensangrentado. A sus pies aún parecía respirar un hombre. Tenían que hacer algo, pero ambos estaban completamente aterrorizados por la situación. No podían verle la cara al agresor y este parecía no haber notado su presencia, pero tenían que hacer algo con aquel lucero del alba que tenía en la mano derecha.

—¡Alto, policía! —vociferó el inspector Sánchez mientras sacaba su arma y apuntaba al asesino.

Y antes de que Edgar pudiera hacer lo mismo, Lucero del Alba los miró a través de un pasamontañas rojo que remarcó sus ojos verdes como los de un gato. Tras la tela, pareció sonreír, y levantó las manos sin soltar ni el dedo ni la maza.

—¡Las manos a la cabeza! —dijo al fin Edgar, utilizando únicamente una mano para apuntar con su arma mientras se llevaba la otra a laparte trasera de la americana.

Pero el asesino se quedó inmóvil, mirándolos fijamente mientras ellos quedaban sorprendidos por su delgadez. Era menudo, de brazos esqueléticos aun con la fuerza que demostraba al asestar sus golpes mortales. Si Edgar se fijaba bien, podía notar bajo la negra capa un ligero abultamiento en el pecho.

—¿Eres una mujer? —se sorprendió.

—Ahora no, aquí no —respondió, efectivamente, la asesina. Y miró a Lázaro mientras retrocedía un paso.

Entonces Edgar vio lo que pretendía y quiso dispararle.

—¡No te vas a escapar, malnacida!

Pero la bala no tocó a la mujer, que lanzó el dedo cortado sobre Lázaro y se dejó caer por la alcantarilla abierta tras ella. A lo que Edgar lanzó un sonoro “mierda” mientras se lanzaba por el agujero tras ella.

Aterrizó con un soportable dolor en las piernas y siguió el eco de sus pasos chapoteando en la inmundicia mientras Lázaro bajaba y lo secundaba.

—¿Cómo corre tanto? —se sorprendió el veterano mientras parecían perderla de vista al doblar una esquina.

—Lo que yo no entiendo cómo se le ha ocurrido actuar así de repente —jadeó Edgar en respuesta al detenerse en seco.

Se encontraban en un cruce y no había rastro de ella. Encima tenían una alcantarilla cerrada y de difícil acceso incluso subiéndose uno sobre el otro. Ya no se oía nada excepto las ratas y Edgar apretó los puños, frustrado.

—Tranquilízate, chaval —quiso calmarlo su compañero, y le dio un toquecito en el hombro—. Al menos sabemos dónde buscarla y cómo es. Has tenido muy buen ojo al verla desde el coche.

—Si… Supongo —se dio por vencido.

Y volvieron al callejón, donde el hombre ya no respiraba. Así que Lázaro llamó para que viniera el equipo mientras Edgar abría la cartera de la nueva víctima y leía en voz alta:

—Leuterio Robles. Y con este van cinco.

—Como a todos los demás, el primer golpe va a la cara para que no puedan gritar.

—Con cada asesinato parece volverse más descuidada —observó.

—O tiene más prisa —añadió Lázaro mientras fotografiaba la nueva estrofa.

Con nuestras armas el mundo sería nuestro,

por mucho que alguien dijera lo opuesto.

Ldl

—La hemos dejado a medias con la firma —sonrió de medio lado Zapata.

—Se está impacientando. Creo que de verdad quiere ver al Leñador.

En aquel momento llegó el resto del equipo y volvieron a la rutina, aunque no encontraron mucho más que en la escena anterior.

 

Cuando Edgar volvió al coche, Lázaro estaba dibujando un retrato de la asesina.

—Es raro verte con papel —llamó su atención Zapata.

—No se me a bien dibujar en una tableta de esas… ¿Le ves cara de rubia o de morena? —preguntó a Edgar, y le mostró el dibujo casi exacto de Lucero del Alba en cuanto a complexión, peso y ojos verdes.

—Ni idea. No soy buen fisonomista —se dio por vencido en el acto mientras subía al asiento del conductor y el otro observaba su obra.

—Estaba cogiendo el arma con la mano derecha —cayó en la cuenta Sánchez.

—Será porque estaba escribiendo con la izquierda —rezongó el otro, con un repentino humor amargo.

 

Más tarde, Edgar se permitió una cena decente en el bar al otro lado de su calle antes de enfundarse su “pijama” y sentarse en el escritorio con todo lo que tenía del caso, incluido el boceto de Lázaro. Estiró las piernas enfundadas en un pantalón de chándal y metió las manos en el bolsillo delantero de la sudadera agujereada por los años. Bostezó sin esconderse y miró la cama del que solía ser su gato. Le gustaba tener gatos, pero siempre acababan huyendo de él.

Aunque tampoco se lamentaba. Al menos, tenía los que se encontraba por la calle, que solían hacerle más caso que los suyos. «Cierto. No le he dado de comer al gato del vecino», recordó. Estiró los brazos tras la espalda y abrió la ventana que daba al callejón para sacar un pequeño bol de comida para gatos al alfeizar. Un maullido le agradeció el gesto y miró hacia abajo desde su poca altura; pero no encontró al gato.

Sin embargo, una silueta al fondo del callejón parecía observarle y se echó la mano a la espalda. Le habían dicho a menudo que pusiera barrotes a aquella maldita ventana, pero nunca hubiera soportado mirar hacia afuera y verse dentro de una celda. Y ahora se encontraba con la posibilidad de terminar dando la razón a aquellos que lo avisaron en su momento.

—Acércate si te atreves —se le escapó una mueca—. No vas a pasar de esta noche.

Y la silueta le respondió con un ligero movimiento de cabeza. Dio un paso y se acercó a la poca luz de la calle. Era el inspector Sánchez.

—¿Lázaro? —se extrañó Edgar, relajándose—. ¿Qué haces aquí?

—Tienes el móvil apagado y se me ha ocurrido pasar a buscarte —respondió sin más mientras observaba los resquicios del asfalto.

—Me refiero a aquí detrás —suspiró, dejando de contener la respiración y encendiendo el teléfono que, como siempre, se le había quedado sin batería.

Lázaro se quedó pensativo unos instantes. Llevaba la misma ropa de la noche anterior y por la mañana así que Edgar supuso que no había pasado por casa o no se había quedado en ella el tiempo suficiente como para darse una ducha. Hiciera lo que hiciera en el callejón, no iba a decírselo porque a veces no lo sabía ni él. Se metía demasiado en sus pensamientos y terminaba en lugares extraños.

—¿Has comido algo últimamente? —cambió de tema Zapata.

—No tengo nada en la nevera —admitió sin más. Siempre había sido un hombre de mente rápida.

—Pasa y te hago un café. El cadáver no se moverá del sitio.

A los pocos segundos, Lázaro estaba en el comedor de Edgar a la espera de un café. Se fijó en la cama de gato vacía, el cuenco del alféizar y los montones de papeles del escritorio. Sin esperar una invitación, se quedó en pie delante del mar de papeles y observó su contenido sin moverlos. No estaba violando la intimidad de su compañero; únicamente observaba lo que había a la vista.

Entonces reparó en la lista de víctimas que Edgar tenía sobre la mesa, a plena vista. Los nombres estaban escritos en orden cronológico, como los de su propia lista, pero su compañero había optado por escribir los nombres anteponiendo el nombre d pila al apellido:

Helena Rueda

Oscar Garrido

Laura Mendoza

Antonio Enares

Leuterio Robles

Incluido el que no pudieron salvar, hacían un total de seis víctimas en tres días. Y seguirían aumentando porque no veían un motivo por el cual la asesina dejara de matar.

Sin embargo, Lázaro no estaba pensando en los que ya no volverían, sino en los que vendrían después. ¿Por qué su compañero había puesto los nombres de pila primero? ¿Por qué marcar las iniciales? ¿Para qué subrayar la “A”? ¿qué tenía de especial?

Comparó aquella lista con la de él, poniéndolas juntas, y entonces cayó en la cuenta.

—¿Cuándo ibas a decirme que tengo razón? —preguntó a su compañero, que en ese momento volvía de su cuarto tras cambiarse de ropa.

—¿Razón en qué? —quiso saber, confundido, el de ojos azules.

—Si juntamos las iniciales de los nombres de las primeras cuatro víctimas, tenemos la palabra “H.O.L.A.” —recriminó Lázaro.

—Ya, pero eso no quiere decir que la asesina diga “hola” al Leñador aunque la siguiente inicial sea una “L” —se defendió el otro—. Ya sabes que no comparto teorías hasta que estoy seguro de ellas. Puede que simplemente escogiera a sus víctimas al azar.

—Eso lo veremos ahora —aseguró Sánchez, y lanzó a su compañero el sombrero y la americana del perchero cercano a la puerta—. Me apuesto lo que quieras a que nuestra víctima de esta noche tiene un nombre que empieza por “E”.

 

Y en menos de diez minutos de completo silencio, se encontraban en otro callejón con otro cuerpo destrozado y otra estrofa firmada por Lucero del Alba.

En ocasiones me gusta meditar,

donde a la gente antes trabajar.

LdA

—¿Cómo se llama la víctima? —preguntó el inspector Sánchez, sorprendiendo a los agentes cercanos. Él nunca hablaba con ellos. De eso se encargaba Zapata.

—Ernesto Cumplido, señor —respondió uno, tartamudeando ligeramente.

A Lázaro se le dibujó una sonrisa en la cara, que rápidamente enfocó hacia su compañero.

—¿Ahora quieres que localicemos a todos los habitantes que tengan un nombre que empiece por “Ñ”? —se mofó Edgar—. Sigo creyendo que son meras coincidencias.

—Que registren las redes sociales de las víctimas en busca de un amigo en común o alguien con quien quedaran. Alguien que les siga o algo por el estilo —ordenó a los agentes—. Todos tienen que conocer a la asesina porque los escogió por sus nombres.

Edgar, por su parte, suspiró desanimado y se centró en el significado de la estrofa. No debería haber dejado nada a la vista de Lázaro pero ya no había vuelta atrás. Mientras a su alrededor se formaba un torbellino de movimiento y derrota, él se quedó pensando en dónde podía estar una chica meditando si antes la gente trabajaba allí.

Si tomaba literalmente las palabras, Lucero estaba diciendo que se encontraba en un edificio abandonado; pero no tenía forma de saber dónde estaba el edificio o cuánto tiempo hacía que no trabajaba nadie allí.

—Si nos fijamos en las estrofas anteriores, esta no sigue el mismo patrón… —llamó a Lázaro, que parecía a punto de flagelar a los agentes que no trabajaban lo suficientemente rápido—. ¡Eh! ¡Que te estoy hablando! —alzó más la voz, y el otro acudió a regañadientes.

—¿Qué?

—¿Y si en vez de buscar a las posibles víctimas nos centramos en encontrar a la asesina? —propuso Edgar mientras señalaba la estrofa ensangrentada—. Según tu teoría de que los nombres han sido escogidos, las estrofas también tienen un sentido. En el caso del secuestrador, un código escondido en las cartas guiaba hasta su guarida.

—Entonces Lucero del Alba sigue el mismo patrón pero con su propio método —se calmó un poco Lázaro, centrándose en la nueva tarea.

—Como te decía, esta no es igual que las demás. Ya no habla con quien sea que esté hablando//

—El Leñador.

—Pues el Leñador —concedió—. Hasta ahora simplemente le hablaba de ella, de su forma de ser y de que quiere estar con él.

—¿Estará enamorada?

—¿Acaso importa? La cuestión es que ahora, en estos versos, está diciendo al Leñador dónde encontrarla.

—Un edificio abandonado —dedujo rápidamente el veterano.

—Exacto. Ahora tenemos que averiguar dónde está exactamente —se quedó pensativo Zapata.

—Puede que en la periferia —propuso Sánchez.

—¿La periferia? ¿De dónde has sacado eso? —se quedó extrañado el de ojos azules, observando de nuevo la estrofa ante ellos.

—En la primera estrofa de su “carta de amor”, Lucero del Alba dijo: “Se hace de noche,/ y salgo a cazar en coche.” —citó Lázaro mientras miraba la fotografía de su smartphone—. Así que bien podríamos deducir que tiene que coger el coche cada vez que va a matar porque no puede venir andando o en transporte público.

—Podría ser… Necesitamos una lista de los edificios abandonados de la periferia —ordenó a otro agente que estaba interrogando a los que habían encontrado el cuerpo.

—Que nos la manden por e-mail. Tenemos que irnos —dio Sánchez el tema por zanjado mientras volvía al coche.

Se sentó en el lado del conductor y vio que tenía que poner gasolina. Suspiró y, en cuanto Zapata se sentó a su lado, le mandó:

—Esta vez pones gasolina tú.

—Vale, supongo —aceptó el otro, extrañado—. ¿Dónde vamos?

—Primero lo primero, después a mi piso. Así me ahorro tener que ir a buscarte cada vez que haya un asesinato —explicó mientras se incorporaba al tráfico y abría la guantera para sacar un pequeño netbook—. Toma. Abre mi correo y estate atento a la lista.

—Sí, señor —se mofó el de ojos azules—. Al final este caso hará que acabemos viviendo juntos —comentó sin apartar la vista de la pantalla y tecleando a una gran velocidad.

—Podría hacerte un hueco en la butaca —siguió Lázaro con la broma.

—Vaya crueldad… Ni siquiera el so// Espera.

Y el otro se detuvo en seco, haciendo que los coches tras ellos los abuchearan con sus pitidos.

—Perdón. Continúa. Pero ya tenemos la lista.

—¿Algún edificio que te llame la atención?

—No… Pero acabo de darme cuenta de que también tenemos acceso a las redes sociales de las víctimas.

—¿Desde cuándo?

—Poco más de un par de horas.

—¿Alguna idea?

—Café y muchas horas de revisar mensajes —forzó Edgar una sonrisa.

 

Eran las siete de la tarde, así que habían pasado más de veinte horas desde el último asesinato. Su cuarto día con el asesino del Lucero del Alba y casi no se tenían en pie. Es más, ninguno de los dos ponía mucho interés en ponerse en pie para nada.

Estaban en la enorme habitación que Lázaro usaba como despacho, tumbados entre el suelo y el sofá y envueltos en papeles, grabaciones y con las piernas ardiendo de soportar los ordenadores portátiles con los que habían estado buscando coincidencias entre las más de mil amistades virtuales de las víctimas.

—¿Algo? —quiso saber el veterano, cansado, mientras miraba sin leer realmente la enorme lista de locales y edificios abandonados de la periferia de la ciudad.

—Ninguna de las víctimas tiene amigos en común ni mensajes que estén relacionados con el caso… —respondió el otro mientras repasaba sus notas—. ¿Pero sabes con quién quedó Helena Rueda la noche de su muerte?

Pero Lázaro no contestó. Se arrastró hasta sentarse al lado de su compañero y miró la pantalla del ordenador que este tenía entre las manos.

—Hace unos meses un tal Paul Bunyan pidió amistad a Helena y esta lo aceptó. No hay ni un chat entre ellos pero Paul invitó a Helena a una fiesta cerca de donde encontramos su cuerpo. —A medida que hablaba, Edgar mostraba a Lázaro los perfiles y el evento.

—Pero no hubo fiesta. El mismo Paul publicó un par de horas antes que se había cancelado —observó el veterano.

—Ya, pero Helena no lo vio. Y creo que este tal Paul se aseguró de que no lo viera de alguna forma… Pero no sé cómo. —Se quedó pensativo y el otro repasó sus apuntes del caso en su smartphone.

—La chica tenía un horario impuesto para conectarse a internet. De nueve de la mañana a nueve de la noche —leyó por encima—. Estaba estudiando para la selectividad y se le prohibía conectarse hasta tarde.

—Puede que nuestro Paul Bunyan vigilara a Helena y supiera esto.

—Es mucho suponer, pero me vale.

—Perfecto. Siguiendo con el hilo tenemos a Oscar, que quedó en un bar con algunos compañeros de trabajo y publicó una fotografía de lo bien que se lo pasaban en Twitter.

—¿Y no hay ningún Paul? —se decepcionó Sánchez mientras encendía su último cigarrillo. Tendría que comprar más.

—Entre sus amigos no, pero creo que la asesina pudo saber a qué hora iban a salir.

—¿Cómo?

—El tipo está metido en un grupo donde hablan todos los que trabajan en la misma empresa.

—Mira entre los miembros del grupo.

—En ello… —Y abrió la lista de más de cien trabajadores.

—Espero que esta teoría nos lleve a algún sitio, no como la de antes.

—Estoy muy cansado. ¿Cómo iba a saber que el hecho de que todas las víctimas sean afiliadas a la misma aseguradora es una coincidencia?

—Esta —señaló Lázaro, ignorando a su compañero y con el dedo sobre la pantalla.

—Paula Naynub —leyó Edgar—. Según su perfil, es una simple becaria con cuenta de hace un año. Todos sus amigos son hombres y en todas sus fotografías parece…

—¿Una puta?

—Como sea. Paula no participaba en las conversaciones pero bien podría haberlas leído todas.

—También me vale. Busquemos Pablos y Paulas entre los perfiles de las otras víctimas.

—En el perfil de Ernesto está. En realidad, me he fijado en Paul Bunyan del que nuestra víctima estaba enamorado. Es el mismo Paul que conocía Helena.

—¿No decías que no tenían amigos en común?

—Ernesto y Paul no eran amigos. Creo que se hablaban de otra forma y Ernesto lo etiquetaba en sus publicaciones sin más. Me ha extrañado que Ernesto etiquetara tanto a alguien que no tenía entre sus amigos, y al ir al perfil de Paul me he encontrado con Helena.

—Vaya descuido por parte de nuestra asesina.

—Pues sí. Aunque creo que ha sido más bien una casualidad que nuestro amigo Ernesto estuviera tan enamorado de su “amigo de Miauchat” —leyó en un post de la víctima.

—¿Miauchat?

—Una aplicación para chatear con desconocidos de tu misma zona. Pero eso no viene al caso.

—Leuterio también conocía a una tal Paola B. y Laura y Antonio tenían cita con una sexóloga llamada Platina Conejita. ¡Fíjate! Esta tiene un perfil de dos años de antigüedad y hasta hace críticas de juguetes sexuales.

Además, Edgar cargó un video en el que “Platina” hablaba sobre un nuevo consolador. No mostraba su cara, pero a través del antifaz se diferenciaban dos enormes ojos verdes.

—¿No te resultan familiares? —preguntó Edgar a Lázaro.

—Al final resulta ser morena —comentó el veterano—. Pero si usa perfiles diferentes hechos desde a saber cuándo cómo vamos a saber con quién va a quedar para matarlo.

En ese momento, de la nada hubo una actualización en el perfil de Helena Rueda: Paul Bunyan había creado un evento aquella misma noche, y había invitado a cinco universitarios a su fiesta.

—¿Me lo parece a mí o nos lo está poniendo en bandeja? —se sorprendió Lázaro.

—Podría ser una trampa…

—Teniendo en cuenta el tiempo que debe llevar planeando esto, es muy raro que se comporte así.

—Creo que está harta de esperar.

—¿Cómo se llaman los invitados?

—A ver… Por orden de invitación: Nerea Ruiz, Andrés Tapias, Darío Valverde, Olga Casada y Ramón José Castilla.

—Entonces, si juntamos sus iniciales con las de las otras víctimas, tenemos: H.O.L.A.L.E.N.A.D.O.R. —expresó Lázaro lo obvio, orgulloso de su deducción inicial.

—¿No debería ser “Ñ”?

—¿Y qué tipo de nombre empieza por “Ñ”?

—También.

—Bueno, ¿dónde es la fiesta?

—Mmm… Creo que este edificio me suena.

—¿Está en la lista?

—Puede, míralo. Voy a avisar a la comisaría para que vayan de camino —anunció Edgar mientras se levantaba.

—Perfecto.

Y en un abrir y cerrar de ojos, Lázaro ya estaba en pie y revisando la lista de edificios abandonados. En efecto, el de la fiesta estaba entre ellos así que cogió las llaves del coche y, con Edgar como sombra, salió del piso y se encaminó al que seguramente sería el escenario de una carnicería.

 

Media hora después se encontraban frente al pequeño edificio medio en ruinas. Sin embargo, allí no había más agentes.

—¿Cómo es que no ha llegado nadie? —quiso saber Sánchez.

—Voy a llamar otra vez —se disculpó Zapata.

—Yo voy a echar un vistazo —decidió el veterano.

—Espera un momento. No te alejes. Ahí dentro debe estar todo a oscuras y puede que esté escondida en cualquier parte.

—Te espero dentro.

—Cabezota… —refunfuñó Edgar mientras marcaba el número de la oficina.

Así Lázaro se adentró a solas en el edificio. Encendió la linterna que llevaba en el pecho del chaleco anti-balas y se encontró con un pasillo lleno de puertas tapiadas. Al menos, si Edgar lo seguía no tardaría en encontrarlo. Únicamente esperaba que fuese lo suficientemente inteligente como para no confundirlo con la asesina.

Avanzó con rapidez, comprobando de todas formas las puertas, hasta que se encontró con una sala llena de ventanas y unas escaleras hacia el subsuelo. No parecía haber acceso alguno a los pisos superiores y las luces de la autopista daban un tono anaranjado al lugar que le creó un ligero sudor frío en la nuca.

A sus pies, apoyado contra la pared del fondo, yacía el cadáver de Nerea Ruiz o, al menos, eso pensó él. Y sobre ella otra estrofa:

No es una Ñ, fíjate tú.

Pero, ¿quién se llama ñu?

LdA

«Encima con cachondeo», gruñó Lázaro para sus adentros. Ahora esperaba encontrarse también con el Leñador para matar dos pájaros de un tiro, o dos.

Oyó tras él unas rápidas zancadas y al darse la vuelta se encontró con Edgar, que corría hacia él jadeando como un perro.

—Deberías deshacerte de esa barriga que tienes —lo sermoneó Sánchez, pero el otro estaba sin habla—. Vamos hacia abajo. Por aquí no se puede subir.

—Vale —farfulló su compañero.

Bajaron un piso y se encontraron con las primera sub-planta de un antiguo aparcamiento de larga duración que se había ido a pique, como muchos otros negocios de la zona. Y allí mismo encontraron otro cadáver, esta vez el de Andrés Tapias.

Te espero al alba entre el cemento

y me siento sola, en eso no miento.

LdA

Allí no había rastro de la asesina, pero sí huellas de sangre en el suelo que llevaban directamente a la siguiente planta bajo tierra.

—¿Cómo puede hacer esto? —preguntó Edgar a la nada mientras bajaban las nuevas escaleras.

—Lo mires por donde lo mires, es un monstruo. Nadie puede matar a dos personas sin que una salga corriendo. Es prácticamente imposible que matara a Laura Mendoza y Antonio Enares. Ella habría salido corriendo y él se hubiera enfrentado a ella.

—¿Crees que tiene un cómplice?

—Es posible. No se me ocurre otro método.

—Entonces debemos cubrirnos las espaldas y estar muy atentos.

—Shhht.

Se adentraron en la segunda sub-planta y encontraron dos cuerpos más: Darío Valverde y Olga Casada con sus propias estrofas:

Se oye el tren: ¡chu, chu!

Y sigo esperando a que aparezcas tú.

LdA

Desde lo alto veo la hora.

Son ya las siete y me siento sola.

LdA

—¿Las siete? —se extrañó Lázaro.

—Dos cadáveres más, juntos. Y la sangre indica que murieron los dos aquí.

—¿Crees que los droga de alguna forma?

—Es posible… Ahora solo queda uno y una planta por inspeccionar. —Y dicho esto Edgar se dirigió hacia la tercera sub-planta.

—Y sin embargo sus estrofas nos guían hacia arriba: “alba”, “desde lo alto”,… Sin contar que por aquí no hay ni un único reloj —cavilaba Lázaro mientras lo seguía.

—A lo mejor se le han acabado las ideas… Espera. —Levantó un puño y el otro se detuvo.

Bajaron el ritmo para recorrer los últimos peldaños de la escalera en completo silencio. Había luz abajo y se oía algo.

Edgar mantuvo la respiración y se asomó con el arma lista para disparar. Pero únicamente encontraron un foco que los cegó y otro que enfocaba directamente al último cadáver: el de Ramón José Castilla.

Este es el último, vente ya.

Estoy cansada de esperar.

LdA

Esta vez, el cadáver parecía más maltratado que de costumbre. Había tanta sangre y carne desparramada por el suelo que Lázaro no pudo mirar demasiado. Dio la vuelta a todo el aparcamiento y volvió con Edgar, que estaba observando el cadáver.

—¿Ves algo? —preguntó el veterano.

—Está caliente. ¿Seguro que no hay forma de subir a las plantas superiores? —quiso saber el de ojos azules.

—Voy a mirar.

—Ten cuidado.

—¿No vienes?

—Hay algo raro en este cadáver. Me quiero quedar a mirarlo más de cerca —explicó Edgar.

Lázaro asintió y corrió escaleras arriba, demostrando lo en forma que estaba en comparación a Edgar.

Y cuando el de ojos azules perdió de vista a su compañero, relajó su postura y se guardó la pistola en la funda. Desencajó la linterna del chaleco y la dirigió a un pilar que tenía un sol pintado con un siete dentro. Lo había visto al entrar pero no había querido decir nada a Sánchez. «Mejor persigue a tu odiado Leñador», pensó en un susurro y un movimiento tras él lo tensó de nuevo, aunque no tenía miedo de lo que pudiera atacarlo.

—Ramón José Castilla era un agente de policía que se suicidó el año pasado porque no era capaz de encontrar al payaso secuestrador —explicó a la nada, y se giró.

—Qué agente tan listo —sonrió el falso cadáver, en pie.

Ante la atenta y fría mirada del inspector Zapata, el falso cadáver se desabrochó un traje falso lleno de restos de carne y una máscara de látex propia de una película de terror.

—Tanto tú como tu compañero sois bastante escrupulosos… —chasqueó la lengua la asesina, de ojos verdes y melena oscura. Tenía dos luceros del alba colgados de dos ligueros, uno en cada pierna—. Nunca os vi acercaros tanto a un cadáver y aun así me has oído respirar.

—He visto que no tienes las manos aplastadas —explicó Edgar, y ella le aplaudió con suavidad y efusividad, sin hacer demasiado ruido.

—Vaya, vaya,… Qué sorpresa. Qué detallista. ¿Qué llevas ahí en la espalda?

—A ti te lo voy a decir —gruñó el otro, mostrando un carácter más rudo de lo usual.

—¿Sabes? No quiero matar a nadie más antes de que venga Él. Así que haznos un favor y vete antes de que me canse de verte el careto —lo ahuyentó la mujer con unas manos delicadas pero extremadamente fuertes.

—¿Él? ¿Tan segura estás de que va a venir? —se mofó de ella el de ojos azules.

Lucero del Alba respondió con un mohín y se echó las manos a las mazas, dispuesta a hacer lo que mejor se me daba. Edgar la observó y pensó que, a lo mejor, tenía una oportunidad de hacer las cosas a su manera. A primera vista era una mujer normal, preciosa y delicada; pero su mirada le producía escalofríos, unos escalofríos placenteros que lo instaban a ampliar su sonrisa hasta límites insospechados.

—¿De qué coño te ríes, capullo? —se cabreó ella, rechinando los dientes y apretando los volantes de la falda del vestido rojo sangre.

—¿El color viene por algo en concreto?

—¿Qué?

—El vestido. ¿Has creído que le gustaría?

—Le gustará.

—Seguramente…

—¡Seguro que sí!

—Bueno, a mí me gusta.

—¿Y a mí qué me importa?

—Debería importarte —la aconsejó, sacando su otra arma de un bolsillo secreto de su americana.

En cuanto vio el arma, Lucero del Alba ahogó un grito y se arrodilló ante él.

—Lo siento. Lo siento. Lo siento mucho, mucho, mucho, muchísimo,… —casi lloró ella ante el esplendoroso brillo del hacha plegable que Edgar abrió con un golpe seco de muñeca.

—No te preocupes, al payaso le ocurrió lo mismo que a ti. No parezco lo que soy. Y de eso se trata realmente el juego. De que te juzguen por tu portada y no quieran ver más allá de lo que muestras al mundo. Veamos… ¿Qué puedo hacer contigo? Lázaro está demasiado cerca y no sé si quieres mi territorio de caza o simplemente eres estúpida.

—No, no, no, no, no, no. Para nada, señor Leñador —se disculpó Lucero—. Yo solo quiero serle de utilidad. He hecho todo esto para que vea de lo que soy capaz… Llevo dos años preparándome para conocerlo y no podía esperar más. Pero le juro que puedo ser paciente. —Hablaba tan rápido que parecía a punto de comenzar a volar. Y eso a él le gustaba, haciendo que comenzara a barajar la idea de tener una nueva mascota.

—¿Edgar? —lo llamó el inspector Sánchez, apuntándolo—. ¿Qué es esto? ¿Dónde están los refuerzos?

—¿Lo mato? ¿Lo mato? —preguntó Lucero, ansiosa, y Lázaro la apuntó a ella.

—En ningún momento he llamado a comisaría, compañero. Mejor apúntame a mí.

—¿Cómo no me he dado cuenta? —maldijo el veterano.

—Nadie se ha dado cuenta nunca. Siempre soy el que más se implica en los casos. El que más ganas tiene de meter al Leñador entre rejas. Y por eso todos piensan que soy un novato con ganas de hacerse el héroe. No quieren ser mis amigos porque saben que moriré un día u otro… La verdad, me lo he pasado bien contigo, pero lo nuestro acaba ahora.

—¿Y quién tiene el arma? ¿Crees que puedes hacer algo con el hacha antes de que te dispare entre ceja y ceja? —rugió Sánchez.

Pero Edgar no respondió.

—¡Tira el hacha y las manos a la cabeza! —ordenó Lázaro.

Y Lucero se inquietó. El Leñador soltó el hacha y Sánchez la siguió con la mirada a la espera de que cayera al suelo y así poder saborear el triunfo que tanto llevaba esperando.

Y sin embargo el hacha no cayó al suelo. Quedó colgando de una cinta que Edgar mantenía alrededor de la muñeca y tal y como revotó en el aire el Leñador la balanceó y lanzó a la cabeza del inspector Sánchez.

Lázaro disparó, pero la bala tocó cemento y el hacha se clavó en su cráneo; y el filo se encastó en el hueso, haciendo que el hombre cayera desplomado y Lucero vitoreara la hazaña con uno de sus infantiles aplausos.

—Shh… —la mandó callar el Leñador, y ella obedeció.

Ante la atenta mirada de la mujer, Edgar arrancó la pequeña pero afilada hacha de la calavera de Lázaro y escuchó atentamente su último aliento. Unas últimas palabras que le arrancaron una sonrisa macabra.

—Pues no lo siento —respondió al ya muerto.

Se agachó al lado del antiguo inspector y separó la cabeza del tronco de una tacada. Después hizo lo mismo con los brazos  y las piernas. Y partió las extremidades en tres partes aprovechando las articulaciones. Colocó los pedazos unos sobre otros en una pirámide perfecta y se levantó. Se quitó la americana y la camisa, dejando ver una barriga falsa de gomaespuma que le permitía llevar siempre encima una caja de cerillas y una pequeña botella de gel inflamable.

—Bravo. Bravo —aplaudió Lucero, incapaz de resistir la tentación de acercarse a mirar.

Entonces Edgar roció la pirámide de carne con el gel inflamable y guardó el bote en la barriga falsa. Encendió una cerilla y la dejó caer sobre el cuerpo.

—Deja aquí una maza —ordenó a la mujer, que limpió sus huellas de uno de sus luceros del alba y lo dejó sobre la pequeña fogata—. Y ahora… ¿Sabes maullar?

—¿Miau? —respondió ella sin más mientras se abrazaba a la espalda de Edgar e inspiraba su aroma.

Complacido, acarició el pelo de su nueva mascota y ella lamió sus labios un instante antes de retirarse y meter en una bolsa de basura su disfraz de cadáver.

—Buena chica —la premió él.

—Miau.

—Volvamos a casa.

—Miau.

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