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Lorena S. Gimeno

Manos libres

¡Feliz Día del Libro! ¡Feliz Sant Jordi! ¡ O feliz San Jorge! Llevo mucho tiempo sin actualizar porque estoy al cien por cien con el otro proyecto en el que trabajo. Sin embargo, en una fecha tan señalada quiero compartir un relato que ha quedado finalista en Fora De Norma.

Fora de Norma es un concurso de relato erótico en catalán o español donde se pedía no caer en las prácticas coitocentristas habituales en el erotismo. Así que si os llama la atención, os invito a leer de forma gratuita el libro sacado del concurso, que también está en Amazon.

©LorenaS.Gimeno
Diseño de portada y corrección: Lorena S. Gimeno
Tipo: relato erótico
Escrito en: enero de 2019


Aún tenía en la cabeza ese sueño. Ese día el viaje se le había hecho especialmente largo y había acabado dormida en su asiento. Apostada y envuelta en sus cosas; agarrada a ellas como si le fuera la vida en ello.

Había dormido a trompicones, siempre con el miedo de pasarse la estación correcta incluso nada más empezar el viaje. «¿Por qué no ponerse el despertador del móvil?», se recriminaba más de una vez. Pero luego recordaba la vergüenza que sentiría con ella, aunque nadie más supiera que es una alarma. Tonterías, quizá; pero sus tonterías.

Por si fuera poco, en vez de llegar a casa y relajarse tuvo que cambiarse de ropa y arreglarse para asistir a una cena familiar. Tenía planeada una ducha tranquila y relajante con una cerveza fresquita y viendo su serie favorita. Pero no. Tenía que ir a cenar porque el primo con el que no habla nunca se había divorciado y tocaba celebrarlo. «No haberse casado en primer lugar», pensó ella cuando su madre la había llamado para requerir su presencia en la casa familiar.

Y sin embargo no tuvo el valor de decir que no, de quedarse en casa y recrearse en el sueño erótico que le había acelerado el pulso en el tren. Se dio una ducha rápida, casi fría, y se vistió con un tejano, unas sandalias planas y una blusa que sabía que nadie notaría ni en el buen ni en el mal sentido.

Sin embargo, al sentarse en la mesa y saludar a los cuatro familiares cercanos, asentir un rato y responder preguntas, consiguió ponerse a comer sin hablar con nadie más. Porque aunque lo intentara no podía sacarse de la cabeza ese sueño, ese cuerpo cálido y fogoso que la había hecho descubrir muchas cosas en la universidad. Una mezcla de pena, añoranza y excitación extremas la invadían cada vez que recordaba a esa persona.

Ya no recordaba siquiera su nombre. Quizá nunca se lo preguntó. Solo bastaban un par de cruces de miradas en los pasillos de la facultad para acabar en algún rincón magreándose a escondidas. Tres semanas, durante los finales del último curso, en los que se usaron mutuamente para deshacerse de todo su estrés.

Años después, muchos años después. Cuando su familia ya se había hartado de preguntarle cuándo se conseguiría un hombre, cuándo tendría hijos antes de que se le pasara el arroz porque ya estaba en la cuarentena… Bueno, de vez en cuando esos recuerdos volvían a ella en forma de sueños. A veces muy reales, a veces deformados de tal forma que ya no sabía si eran recuerdos o producto de su imaginación; pero todos igual de cálidos, apasionados y divertidos.

Habían conseguido tener una verdadera conexión más allá de las palabras, una especie de telepatía donde sabían lo que querían y cómo. Y muchos habían sido los momentos de arrepentimiento. «¿Y si hubiera intentado llegar más allá? ¿Crear una verdadera relación?» Luego recordaba que las relaciones son muy diversas y se regañaba a sí misma por tener pensamientos simplistas y tópicos.

Sea como fuere, tenía un calentón que no podía quitarse de encima. Por mucho que pensara en otras cosas, que hablara con las personas a su alrededor, en el momento en el que su mente dejaba de pensar el sueño la asaltaba como una mala bestia.

Así que decidió hacer algo en lo que nunca había pensado en casa de sus padres. Se levantó de la mesa y, cuando le preguntaron, dijo que iba al baño. Cinco, diez minutos… Prefería que pensaran que iba de descomposición a que supieran que iba a masturbarse.

Sin embargo, en cuanto fue a meterse al baño de la planta baja se encontró con la puerta cerrada y una voz familiar le dijo que iba para rato. Subió a la primera planta dispuesta a no darse por vencida pero se encontró con que no podía entrar, tampoco. «¿Y si me meto en una habitación?», pensó, desesperada. Pero descartó la idea en cuanto recordó que no había pestillo en ninguna de las habitaciones.

Volvió al comedor, fingió una sonrisa a un comentario que ignoró. Y en cuanto dejó caer el culo sobre la silla recordó por qué nunca se ponía esos tejanos.

La costura, gruesa como un demonio, se le clavó en la entrepierna e hizo una mueca de molestia y dolor. Alguien le preguntó si le pasaba algo, y mintió sobre un pinchazo en los riñones. Hubo un par de carcajadas sobre la edad y volvieron a su conversación de política, fútbol y los problemas del país.

Si se volvía a levantar llamaría más la atención, y ya tenía la ropa interior demasiado mojada. Así que se removió en la silla en busca de una postura más cómoda. La encontró, aunque no como esperaba.

Seguía con la costura clavada, pero se había colocado de tal forma que se había puesto entre sus labios superiores. «La famosa pezuña de camello», pensó casi con una risa en los labios. Pero aún tenía algo bueno la situación porque sentía perfectamente cómo la costura presionaba su clítoris de una forma que la obligó a fruncir los labios.

Se centró en comer, en bajar la mirada y centrarse en su plato. Movió la cadera y sintió una punzada de placer. Se quitó el pelo de detrás de las orejas porque sentía la sangre ponérselas rojas. Curvó la baja espalda para colocarse mejor y sintió las manos de sus sueños recorriéndole los muslos.

Recordaba su lengua, sus dientes que le arrancaban dolor y placer. Tenía la boca seca pero sus labios chorreaban y latían. Apretó los puños sobre los cubiertos para evitar llevar sus manos a los pantalones y volvió a mover la cadera.

Pensó en una excusa para irse a casa pero en cuanto miró a su madre esta la notó con su sexto sentido así que volvió al escudo que era su plato. Podía hacerlo, podía hacerlo, podía hacerlo. Podía masturbarse con la costura de ese pantalón rodeada de una veintena de familiares sin que se dieran cuenta.

Así que cortó el entrecot en su plato con antelación, como los niños pequeños. Luego se aseguró de no apoyar los codos en la mesa, erguir la espalda correctamente y pinchar los pequeños trocitos. A la boca, masticar lentamente y observar alrededor como un suricato en guardia mientras su mitad inferior hacía los movimientos pertinentes.

Casi, pero no. Se removió en la silla para cambiar la posición y sintió que rozaba el orgasmo cuando alguien le pidió la ensalada que tenía cerca. Se desvió, sonrió y obedeció. Después continuó comiendo antes de que alguien quisiera empezar una conversación con ella.

Un poco adelante, un poco atrás. Sentía los latidos del pecho fuertes y sonoros en el cuello. El flujo sanguíneo la hizo empezar a sudar. Sus labios inferiores seguían latiendo, chorreando y pidiendo a gritos una pequeña ayuda.

Pero no se lo podía permitir y se le ocurrió poner las piernas en ángulo recto y apretar los muslos. Cerró las piernas, las abrió un poco y continuó con el movimiento de caderas lento y discreto. Casi, casi.

Suspiró un poco demasiado fuerte y cuando la miraron fingió que tenía la barriga llena. Todo estaba muy bueno y ella era una glotona, quizá porque le faltaba otra cosa.

Sintió que tenía ganas de mandar a la mierda a su tío segundo, pero se calló y volvió a lo suyo. «Porque la glotona no puede parar hasta ver el plato vacío», ironizó para sus adentros. Cerró las piernas un poco más e hizo como si se pusiera bien en la silla.

Un poco más. Solo un poco más.

Abrió las caderas y arqueó la espalda para sacar más el culo, para aplastar su clítoris contra la silla y la costura. «Ahí».

Y en un acto reflejo se llevó la mano izquierda al pantalón y apretó su botón de placer para caer en el abismo. La dejó ahí, sintiendo los cincuenta grados de temperatura y la humedad propia de una sauna. Por suerte, llevaba salvaslip. Por suerte, nadie la estaba mirando. Vio a la que había estado ocupando el baño y salió corriendo antes de que se le adelantaran.

Se encerró, se bajó los pantalones y acarició sus labios palpitantes hasta que un segundo orgasmo la hizo acallarse con la mano libre. Le temblaron las piernas y se dejó caer sobre la taza.

—Cariño, ¿te encuentras bien? —quiso saber su madre, que había llegado justo después de ella. No había cerrado el pestillo así que su madre estaba entrando y la miraba preocupada.

—Estrés, mamá. Creo que me ha afectado a la barriga y la prima Beatriz ha estado hasta ahora aquí dentro. Aguantarme ha sido peor —mintió, a medias. Pero esas pocas palabras convencieron a su madre, por primera vez en su vida. Cerró la puerta y se fue. Así que se recreó un poco más en sus recuerdos, en sus sueños. Volvió a sentir esas manos sobre su cuerpo… Pero antes cerró el pestillo del baño.

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