En un mundo sin dobles sentidos… es difícil trabajar en urgencias

Quiero celebrar el Sant Jordi de este año con un pequeño relato fantástico. En un mundo sin dobles sentidos, una médico de urgencias deberá tratar a sus pacientes de la forma más rápida y eficaz.

Paseo por la calle y veo gánsteres con gatos en los bolsillos mientras esquivo al caminar a la gente que va echando raíces en la acera. Solo espero que nunca me pase a mí; ya he tenido suficientes problemas para desengancharme las sábanas hoy… Va a ser un día duro en el hospital.

Tras cambiarme de ropa salgo para atender las “urgencias” del populacho. A mi primer paciente le inyecto un relajante muscular para despetrificarlo mientras la que parece su mujer llora y le pide perdón por haberle dicho que está embarazada. No me interesa meterme en sus vidas y paso al siguiente box, donde una adolescente me espera con una palangana bajo la barbilla. Le pido que sujete en la boca unos paños absorbentes y que recuerde comer alimentos salados tras hacer gárgaras con agua con sal si le vuelve a pasar. Con un poco de suerte me hará caso y me ahorraré trabajo la próxima vez. A veces me pregunto quién me mandó a mí convertirme en médico… y no especializarme en nada.

Un día dije basta y me vine a hacer la residencia aquí. Les gustó cómo trabajaba, mi eficacia, y me dieron un puesto fijo. Puede que no tenga tiempo para pasármelo bien y eso, pero es gratificante ayudar a la gente, aunque no hagan más que quejarse, llorar y pasarse por donde ya saben todos mis consejos. En especial el señor Ramos, un paciente habitual de los sábados por la noche.

—¿Otra vez aquí? —casi me río de él, cogiendo unas alicates y mirando detenidamente las escarpias de sus brazos—. Creo que debería dejar de ir a la ópera. Lo digo en serio —añado ante su mirada relajada.

A veces, cuando alguien se me queda mirando así, siento ganas de salir corriendo. Soy médico. Estoy acostumbrada a que la gente esté demasiado ocupada en sus cosas como para prestarme atención. La mayoría solo conocen mi voz y mis manos así que cuando aparece alguien como él y me mira y es consciente de que estoy aquí, me pongo nerviosa. La verdad es que debe dolerle, así que no entiendo cómo puede mantenerse tan tranquilo. Incluso se tira el pelo rubio ceniza hacia atrás, haciéndome pensar en el dolor generado por mover los músculos del antebrazo.

De repente, se oye un grito y mucho ajetreo. Y puedo concentrarme en curar y hacer mi trabajo. Le inyecto una breve anestesia y miro mi reloj para contar los cinco minutos que tardará en hacer efecto. Miro mi lista de pacientes y veo que, de momento, no tengo nada más por hacer.

—Me gusta demasiado —dice él, y me sobresalto. Lo miro y se ríe—. Perdón. Me refería a la ópera. —Suspiro de alivio y me siento en un taburete, a una distancia prudencial de él.

—¿Tanto como para acabar aquí cada semana? ¿Ya puede trabajar con los brazos vendados durante los seis días restantes? —Todo el mundo va al menos una vez a la ópera, aunque esté prohibido por todo el gremio de medicina. Yo no he ido nunca, y viendo a Damián Ramos se me quitan las ganas.

—Soy profesor, así que la mayoría de mi trabajo consiste en hablar —me sonríe—. Además, siempre que vengo me atiende usted, doctora Gala.

—Es porque siempre lo pide —me molesto.

—¿En serio le dice algo la recepcionista? Creía que me guardaba el secreto —lamenta, un tanto avergonzado. No me gusta ser una creída pero sé que está interesado en mí. No hay que ser médico para verlo—. ¿Tengo alguna posibilidad o…?

—Blanca.

—¿Qué?

—Digo que me llames Blanca, Damián. —En ocasiones así, no sé cómo hablar. Cojo su brazo y empiezo a sacar lentamente la primera escarpia. Ya tengo mucha experiencia y sé hacerlo sin que duela—. Tengo entradas para un concierto el viernes, que es cuando tengo el día libre.

—Entonces… ¿Tendremos una cita el viernes? —se alegra. Aun siendo un hombre hecho y derecho tiene algunas expresiones infantiles, muy adorables.

—Supongo que sí —sonrío mientras suelto la última escarpia dentro de la palangana—. Pero no voy a ir nunca a la ópera.

—Hecho. No quiero cenar calabaza durante meses.

Y ante el comentario, no puedo evitar reírme.

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