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Lorena S. Gimeno

Epístolas del recluso y la herida #4

Anteriormente en Epístolas del recluso y la herida

Calista de Mines, hija de un dictador ejecutado por el bien del país, está embarazada de uno de sus agresores, Jean (también llamado 637) y ha decidido ponerse en contacto con él mediante cartas.

Por su parte, Jean está cumpliendo condena por sus crímenes de guerra y la noticia de que va a ser padre lo deja aterrorizado. Sin embargo, puede que los recuerdos de Calista sobre esa fatídica noche calmen sus pesadillas.

Prisión central de la República, 24 del II del año 1

Para Calista:

   No entiendo cómo he llegado a conocer a una persona tan buena como tú. Aquella noche sólo pensaba en decirte que no quería hacerte daño, en que lo hacía para que ambos pudiéramos seguir viviendo. Fue egoísta por mi parte pero me alegra que actuaras, que gritaras. Si los demás hubieran descubierto que te estaba gustando habríamos muerto los dos. Si te soy sincero, sí que noté que te corriste tuviste un orgasmo. No soy bueno expresándome de una forma correcta, disculpa. No puedo hacerlo tan natural como tú.

   Cuando he leído que quieres que sea el padre de nuestro bebé, me he alegrado tanto que me he puesto en seguida con esta carta porque soy muy lento escribiendo bien. Me paso horas pensando en cómo escribir una palabra para no tener faltas y, a veces, le pregunto al vigilante que hace la ronda por delante de mi celda. Es un buen hombre.

   ¡Sí! ¡Sí que quiero ser el padre de nuestro bebé! Calista, no creo que sepas lo mal que estuve hasta recibir tu carta. Me has salvado, gracias. Me he sentido furioso, me he odiado a mí mismo, a ti, a todos los que dijeron ser mis “compañeros”. Odiaba al juez y a esta sociedad por encerrarme en este agujero frío y dolorosamente solitario. Maldecía mi suerte y lo único que me hacía no perder las ganas de vivir era la posibilidad de salir de aquí para enfrentarme a un juicio cuando decidieras denunciarme. Después, estaba dispuesto a perderme dentro de mí mismo.

   Lo siento… Ojalá pudieras haberme visto llorar por ti cada noche y no dormir por miedo a volver a soñar con lo que te hice. Sigo sintiéndome sucio, como si realmente fuera un monstruo.  Intento creerme tus palabras (no digo que me mientas) e intento buscar algo bueno dentro de mí. Vivo cada día pensando en el momento en el que pueda ver a nuestr@ hij@, aunque para eso aún falta mucho tiempo. Ahora odio no poder salir antes, no poder estar a tu lado. Estoy muy confuso, Calista. A veces estoy contento y cuando despierto la realidad me hunde y me hace ver que no soy más que un hombre que no podrá tener la vida que un día quiso.

   Por favor, háblame de ti, de cómo estás. Quería escribirte una carta que te hiciera sonreír, como las que me mandas tú. Y, por cierto, no sientas vergüenza aunque me alegra saber que lo hice bien (también fue mi primera vez). No sabes cómo quisiera verte y hablarte cara a cara porque entonces a lo mejor… No, déjalo. Si te viera no sería capaz de hablar contigo con sinceridad.

   Calista, me dijiste que habían intentado asesinarte. ¿Quién fue? ¿Te están protegiendo? Siento no haberte preguntado antes por esto pero no le diste importancia y yo he pensado tanto en el bebé que… ¿No habrán sido ellos? Temo por ti, temo por los dos. Y odio tener que esperar a que te llegue la carta y me llegue la tuya en respuesta.

Un hombre preocupado,

Jean

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