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Lorena S. Gimeno

Epístolas del recluso y la herida #3

Anteriormente en Epístolas del recluso y la herida

Calista de Mines está en ingresada en el hospital Marina. Hace tres meses unos asaltantes entraron en su casa y mataron a sus padres. Incluso uno de ellos la violó.

Sin embargo, ese día no fue tan fatídico para todo el mundo. Es más, fue el mejor día en años para su país. Pues su padre era un dictador y los asaltantes libertadores. Y esto Calista lo comprende, pero ni ella ni su madre fueron nunca culpables de los crímenes de su padre.

Aun así, esa noche ha dejado secuelas en ella, y la única forma que tiene de olvidar sus problemas es escribir cartas; aunque tenga que ser a uno de los asaltantes.

Esta vez, es Jean el que recibe respuesta de Calista, cuyos recuerdos de esa noche quiere aclarar.

Hospital Marina, 20 del II del año 1

Hola, Jean:

   Comprendo cómo te sientes y creo que es normal. Yo me paso la noches pensando en si lo que quiero hacer está bien. Me hacen ir a sesiones de terapia con mujeres que han sido violadas, maltratadas. Cuando estoy allí no me siento parte de ellas. Yo no te veo como un enemigo pues me salvaste la vida. Las otras mujeres describen su experiencia como si los hombres que las atacaron fueran animales que les arrancaron la ropa y amordazaron sus gritos mientras las abrían de piernas para hacerles daño. Esas descripciones son demasiado diferentes a mis recuerdos. A lo mejor si te cuento mi versión de la historia consigues entenderme un poco; y a lo mejor yo también aclaro un poco mis pensamientos.

   Aquella noche tenía miedo y mi madre me había ordenado que me escondiera. Cuando me atraparon, me arrastraron hasta el salón y vi a mis padres ejecutados. La sangre me hizo gritar y llorar. Quise salir corriendo e intenté soltarme pero eran más fuertes que yo. Lo único que pensaba era: Yo no he hecho nada, no merezco morir. No quiero morir.

   Uno de vosotros tubo la idea de “mandar un mensaje”, de mostrarme mi lugar ahora. El hombre con el número 182 te llamó y te ordenó que “te me tiraras”, “que hicieras llorar a la puta hija del dictador”. En tu cara vi que no querías hacerme aquello y como dudabas el hombre te apuntó son su arma y te repitió la orden. Así que rápidamente tiraste de mí escaleras arriba y me lanzaste sobre mi cama antes de cerrar la puerta. Tenía tanto miedo que no dejaba de temblar y de suplicar por mi vida.

   Ante mí, te desnudaste y la vergüenza aplastó al miedo. Nunca había abrazado a un hombre, nunca había besado a un hombre, nunca había amado a alguien en un sentido tan puramente físico. Te sentaste a mi lado en la cama  y acariciaste mis brazos con un dolor tan fuerte marcado en la cara que me quedé inmóvil. Me tumbaste y me desnudaste aunque yo intentaba taparme. De repente me besaste y empezaste a tocarme donde nunca me había tocado nadie. Sabía que aquello estaba mal y quise apartarte, morderte la lengua. Hundiste la cara en mi cuello y me pediste perdón. Seguiste pidiéndome perdón mientras lamías cada parte de mi cuerpo y yo gritaba, negando que aquello me gustara. Ahora creo que puedo decirte que me gustaba, que calentaba mi cuerpo como si estuviera en una sauna.

   No me obligaste a hacer aquello que me han dicho otras mujeres, no hiciste que “te la chupara”. Lamiste mis partes íntimas y te apoyaste en ellas con eso (me da vergüenza llamarlo por su nombre). Estaba tan nerviosa mientras lloraba y tu mano sujetaba mis muñecas que grité cuando entraste en mí. Nunca había sentido algo tan doloroso. Te abrazaste a mí y seguiste abriéndote paso en mi cuerpo mientras te pedía que la sacaras y te arañaba la espalda. Me besaste de nuevo y mordí tu labio. ¿Te duele aún? Acariciaste mis pechos y ese calor volvió a mi cuerpo. Dejó de dolerme pero seguí gritando porque no quería admitir que me gustaba. Miraba tu cara y veía un arma en tu nuca. No sé si lo notaste, pero tuve un orgasmo poco antes de que te vaciaras en mí. Y siento mucha vergüenza, no odio ni rencor. Me avergüenza y me siento culpable por fingir que no me gustó.

   Jean, aquella noche los dos fuimos las víctimas. Esos hombres nos obligaron a hacer algo que no queríamos y aquello ha germinado en un bebé que aún no puedo notar dentro de mí. Crees que no tienes derecho sobre él o ella pero no es así. En estos tres meses que he estado buscándote, he tenido tiempo de decidir si quería tener este bebé o no, en si quería culparte de todo lo de aquella noche o no. Ahora ya sabes, espero que sepas, que no te culpo y que quiero que nos conozcamos mejor. Aquella noche vi en ti algo que nunca había visto en nadie más: a un igual. No sé si entenderás lo que te quiero decir pero este bebé necesitará un padre… ¿Te gustaría serlo? Lo único que quiero es que nuestro hijo (o hija) sea una buena persona, que no haga daño a nadie, que crezca envuelta en amor. Quiero dar a esta personita lo que no he tenido yo. ¿Querrás ayudarme?

   Un saludo y disculpa esta carta tan extraña. Estoy muy nerviosa.

Calista

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