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Lorena S. Gimeno

Epístolas del recluso y la herida #9

Anteriormente en Epístolas del recluso y la herida

Tras recibir la primera carta de Calista, Jean ha visto un rayo de luz más allá de la pena que le queda por cumplir. Ahora ambos han reconocido que se conocían antes de aquella noche en la que sus vidas cambiaron pero Jean está a punto de dar un paso atrás en su camino hacia la redención, puesto que en su mismo pabellón está el ladrón que estuvo a punto de matar a Calista y su hijo, y tiene que hacer algo al respecto.

Sin embargo, todo tiene sus consecuencias…

Hospital Marina, 20 del IV del año 1

Sigues siendo “querido Jean”, pero me hiciste sentir muy culpable el mes pasado. De todas formas no has contestado al post data que la enfermera tachó de mi última carta, ¿no se veía bien? Supongo que aquí pondré los dos puntos:

   Me ha gustado saber un poco más de ti, aunque tengo la sensación de que no puedo contarte nada de mí que no sepas ya. Ahora que tengo mucho tiempo para pensar, me he dado cuenta de que antes de la República era una chica que no pensaba en nada más que en hacer lo que se suponía que tenía que hacer: bailes, estudios, sonrisas,… Aun así, nunca salía con las chicas que se suponía que eran mis amigas porque me daba vergüenza ver el estado de nuestra ciudad. Y, lo que es peor, sentía cierto desprecio hacia la gente de la calle. No puedo decir que mi forma de pensar fuera así por mis padres; al menos, no del todo. Y creo que sigo odiando a la gente corriente y moliente porque son envidiosos, iracundos y juzgan a otros sin conocerlos. Ellos son los primeros que siempre me han mirado por ser de otra clase o venir de la familia tal. Ahora entiendo por qué me cae bien el doctor Paul, porque es como tú y, cuando me he fijado, he visto los mismos ojos y una mirada similar.

   Ojalá pudiera conocer más gente capaz de hablar conmigo antes de juzgarme, porque ni siquiera las enfermeras me tratan como a una paciente más. Me tratan de una forma más o directamente fría, distante, como si fuera una planta a la que hay que cuidar para que no se muera porque te pagan por ello. Y siento mucha envidia de las otras madres ingresadas que van pasando por maternidad, mi nueva planta ahora que me he recuperado de las heridas. Son todas felices y las enfermeras y las comadronas les preguntan por el estado del bebé, la lactancia y esas cosas que creo que al final tendré que preguntarle al doctor. Me gustaría poder comentar con alguien las pataditas que empiezo a notar en mi vientre, me gustaría que pudieras poner las manos en mi tripa y notaras los piececitos de nuestro bebé. Por eso le he pedido a Paul que hiciera una foto de  cuando se ve el pie a través de mi piel. Él ya sabe si será niño o niña, pero no quiero saberlo aún. Creo que me gusta que el bebé sea de momento esta fantasía que revolotea en mi ya enorme barriga. Si supiera si es niño o niña tendría que pensar en su nombre, en su ropa, en los valores que tendré que enseñarle,… Y no sé si seré una buena madre. ¿Podré hacer que nuestro bebé sea una persona que no odie a la gente sin conocerla? ¿Podré hacer que coma de todo? ¿Que sonría todos los días y nunca llore? ¿Que nunca tenga que sufrir por amor o por no tener un padre a su lado? ¿Qué nunca lo traten como el hijo que un dictador tuvo con su propia hija? ¿Podré hacer que esta pequeña vida sea todo lo que yo no he sido ni seré jamás? ¿Dónde me van a dar un trabajo con el que comprar comida, pañales y medicamentos? ¿Podré aliviar su dolor cuando tenga fiebre? ¿Podré entender a nuestro bebé cuando llore? ¿Sabré lo que quiere? ¿Podré dárselo? Tengo tantas preguntas que siempre acabo llorando de tal forma que las enfermeras cierran las puertas y las persianas de mi cubículo para que las mamás felices no me vean, para que las familias recién creadas no tengan que ver a la puta hija embarazada de un dictador. Y me pregunto si toda esta pena que tengo se la estaré pasando a nuestro bebé. Tengo mucho miedo de que mis pensamientos afecten a su desarrollo pero últimamente ya no puedo sonreír como antes.

   La verdad, la última vez que me miré en el espejo no me reconocí. Yo tampoco soy aquella chica de instituto que vivía ajena a todo.

Espero que ahora sepas un poco más de mí,

Calista

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