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Lorena S. Gimeno

Epístolas del recluso y la herida #16

Anteriormente en Epístolas del recluso y la herida

Calista ha roto aguas y ni ella ni Jean están preparados para ser padres. Jean se siente cada vez más culpable por no poder vivir los primeros años de vida de su hijo o hija. Calista no sabe si hace bien en apartar a Lena, su enfermera, de su querido Paul, doctor y hermano de Jean. Aquí está el desenlace de esta historia de amor y tristeza.

¿Será niño o niña?

Hospital Marina, 15 del VI del año 1

Hola, mamá:

Sé que no suelo escribirte mucho. Creo que nunca te he escrito una carta porque solemos hablar de vez en cuando por teléfono o cuando voy a casa. Sin embargo, creo que necesitaba mucha calma y tiempo suficiente para contarte todo lo sucedido hace unos días, cuando una de mis pacientes rompió aguas. A lo mejor adivinarás por la fotografía, que seguro que has mirado antes de leer, que tu hijo Jean ha tenido una hija. La madre es Calista de Mines, hija de nuestro antiguo presidente y dictador. Es una buena chica y, aunque su unión fue forzada y en un mal momento, el resultado ha sido un momento que ha conseguido ponerme la piel de gallina. Nunca creí que pudiera ver a mi hermano acoger algo tan pequeño y débil con tanta ternura, igual que nunca he visto una mujer tan valiente como Calista.

Cuando Calista rompió aguas, Lena (su enfermera) y yo estábamos delante. Aún estaba de siete meses así que teníamos que ir a quirófano para asegurarnos de que el parto iría bien. Sin embargo, la chica, aterrada pero firme, me aseguró que no pariría hasta que Jean estuviera con ella. Ella sabe que es mi hermano y que conocemos al alcaide de la prisión donde está, así que me suplicó que le pidiera que trajera a Jean, aunque tuviera que venir esposado y con vigilancia. La pobre chica no podía sola con lo que tenía delante. Apenas tiene quince años y se me rompió el corazón. Quise negarme, más por su bien que por no hacer caso a sus deseos, pero Lena también se puso en mi contra y ayudó a Calista a relajarse.

Así pues, las siguientes doce horas se me hicieron eternas y algunas de mis pacientes fueron derivadas a otro doctor. No te creerías la cantidad de violaciones que hubo durante la rebelión y la cantidad de niños que nacen en nuestro país cada día a razón de esos meses.

Por suerte, Jean llegó, secundado por un par de guardas, doce horas y media después de enviar mi petición al alcaide, por mensajero porque las líneas están en su mayoría pinchadas y me hubiera dado una negativa. Pero para entonces Calista ya estaba inconsciente y con respiración artificial en el quirófano.

Jean se sentó en una esquina del quirófano, esposado y blanco y frío como la nieve ante la situación. Tenía los ojos abiertos como platos y ya no parecía mi hermano, el chaval que cazaba conejos con papá y al que nunca le gustó estudiar, el que me llamaba “futuro de la familia”. Sentí su mirada en la nuca, afilada como las garras de un halcón, durante toda la operación y con mayor intensidad en el momento de hacerle la cesárea a Calista. Es una chica tan menuda y frágil que te sorprenderías, mamá.

Sin embargo, no sé si por suerte o porque conseguí mantener la calma, todo salió bien y Lena acogió a la pequeña que acababa de nacer de forma brusca en el mundo, un bebé grande, rechonchito y rosado de casi cuatro quilos. No puedo creer que errara tanto en el pronóstico del peso. Creí que no saldría tanto a nuestra familia.

Cuando lloró, sentí que la mirada intensa de Jean se relajaba y me giré a mirarlo: estaba berreando como un niño miedoso que se ha caído de un columpio y los guardas le daban golpecitos en la espalda, casi como si fueran sus amigos.

Cuando terminé de coser a Calista y se estabilizó, Lena me trajo a la pequeña y la sostuve para examinarla con cuidado. Es perfecta y, aun habiendo nacido con dos meses de antelación, está sana y no ha hecho falta meterla en una incubadora. Así que se la entregué a Jean para que pudiera sostener a su hija por primera vez mientras las enfermeras se encargaban de Calista, que tardaría un rato en despertar.

“¿Está bien?”, me preguntó Jean cuando vio que se llevaban a la madre de su hija, y le respondí que sí pero que no podrían hablar. “Gracias. Es perfecta. Es preciosa”, balbuceaba sin dejar de mirar a la niña que tenía delante. En sus brazos parecía pequeña, pero se me escapó una risa cuando me la imaginé en brazos de su madre. De verdad, mamá, esa chica es muy enana. La típica señorita de casa buena que tú dirías que jamás tendría hijos para no destrozarse la figura. Seguro que papá también está llorando sin dejar de mirar la foto.

Entonces pregunté a Jean cómo iba a llamarse la pequeña, porque Calista me había dicho que él ya sabía el nombre. “Lily”, me respondió él. “Como la abuela de Calista.” “Lily Susan de Mines”.

Y, después de un par de horas sin dejar de mirar a su hija, los guardas le dijeron que debía volver a prisión y mi hermano me entregó a Lily y se fue con ellos sin más, sonriendo como un tonto y abrazándome como nunca en su vida había hecho.

Entonces llevé personalmente a Lily a la habitación de Calista, donde aún dormía, y le pedí a Lena que le diera un biberón; pero me la encontré con Julien en brazos, un bebé que tienen que venir a buscar para dar en adopción. En ese momento vi que la mirada de Lena era la misma que la de Jean y decidí que podríamos adoptar a Julien.

Ahora que lo pienso, no sé si os he dicho alguna vez que estoy con Lena pero que ella no puede tener hijos, así que la adopción es una buena opción.

Sin embargo, no podré presentaros a Lena porque esta noche se va con Calista fuera del país. Yo me iría con ellas, pero he decidido que me quedaré a esperar a Jean y que después nos iremos los dos con ellas y nuestros hijos. Es mi penitencia como hermano mayor por no haber sabido cuidar a Jean y sé que las dos estarán bien y se harán compañía.

El alcaide me ha dicho que podremos ir a visitar a Jean cuando queramos, así que podremos celebrar el cumpleaños de papá con él.

Tu hijo,

Paul

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