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Lorena S. Gimeno

El brujo y la shmeren #1 ~Historias de Bronalist~

Llevo un tiempo trabajando en un mundo fantástico donde pueda situar muchísimas historias que tengo en el tintero. Y como los preparativos ya están hechos, Historias de Bronalist comenzará con la literie El brujo y la shmeren: una historia de romance, aventuras y magia. ¿Qué puedes llegar a hacer por amor?

©LorenaS.Gimeno
Diseño de portada y corrección: Lorena S. Gimeno
Tipo: literie fantástica
Escrito en: agosto de 2018


Un petardeo, un crujido y un parón en seco. En mitad de la nada, sin lugar a dónde ir. El brujo se apeó de su pequeño coche mecánico y pateó la puerta para cerrarla. Se estiró cuan largo era para disminuir el dolor de las horas pasadas en aquel nicho con ruedas y miró a ambos lados de la carretera.

Saco el móvil y esperó a que el GPS le dijera dónde estaba. Lo dicho, en mitad de la nada, a decenas de quilómetros de la ciudad más cercana. Miró el capó del coche y el humo espeso y caliente que salía de dentro. Automáticamente se desabrochó un botón de la camisa. Luego otro y otro más, hasta que se la quitó y se quedó con la camiseta de tirantes interior.

Quiso arreglar el estropicio con magia, pero no sabía cómo funcionaba el coche y la última vez no había funcionado. Al revés, ahora el coche estaba peor que antes. «Debería haberme quedado en la estación de servicio», se dijo, maldiciendo su estampa.

Para muchos, la magia era la solución a todo. Él sabía perfectamente que hacía más mal que bien. Sin ir más lejos, se había pasado toda la vida de acá para allá ofreciendo su magia por nada; y todo por una maldición de la que no sabía el origen.

Pero su madre le había contado lo básico, por supuesto. Al menos, en videos pregrabados. «El amor es nuestra maldición, Lezo», explicaba apenada tras la pantalla. «Nuestra magia está maldita. Si te enamoras y se enamoran de ti, se acabó». O al menos ese era el resumen que el brujo tenía metido en la cabeza.

Sin embargo, él no había seguido el ejemplo de su madre. Ella se había quedado en Brona a vivir, teniendo ligues aquí y allá, trabajando con magia y desapareciendo de la faz de la tierra por la maldición. Y ni siquiera había sido por el amor de su vida, si no por el hecho de tener un hijo.

El amor incondicional, al parecer, también estaba en el trato. Pero eso ella no lo supo hasta que su propio hijo, inocente como él solo, había dicho a su mamá que la quería mucho mucho.

Casi sentía ganas de vomitar cada vez que ese vago recuerdo infantil lo asediaba mentalmente. A veces incluso tenía pesadillas con ese día. Su madre lo miró con ternura y tristeza, luego cerró los ojos entre lágrimas y su cuerpo entero se retorció. Debió dolerle, debió sufrir una agonía horrible al sentir sus huesos partirse y su piel deformarse hasta convertirse en un gato. Y sin embargo murió diciéndole que no pasaba nada con una sonrisa dulce y sincera.

Pero ese gato llevaba años muerto. El gato al que él había llamado “mamá” alguna que otra vez, en busca de consuelo, había muerto de vieja tres años atrás. En sus últimos momentos, no había recibido de ella más que una mirada vacía e indiferente.

Una maldición. Horrible y que le provocaba pesadillas al verse a sí mismo convertido en un animal, sin recuerdos y vagando por un mundo a solas.

«Quizá debería haber tenido hijos», se dijo otra vez. Últimamente pensaba en ello. En dejar algo de sí mismo en el mundo.

Y entonces lo vio: otro coche. Una camioneta que petardeaba de una forma casi graciosa se acercaba por la carretera. Se quedó tan atónito ante el panorama que ni se movió. Por suerte para él, la camioneta se detuvo tras su coche para demostrarle que no tenía problemas de vista.

Al fin y al cabo, nunca había visto un vehículo shmeren.

La puerta de la pequeña camioneta se abrió y una shmeren bajó de un salto del asiento del piloto. Alzó la cabeza y lo miró con una sonrisa compasiva.

—¿Te ha dejado tirado? —le preguntó a Lezo. Vulnerable, autocompadeciéndose… Lo había pillado en el peor momento.

—Sí, la verdad. Y yo no sé de estas cosas.

—Para algo estamos los shmeren —sonrió ella sin más. Sacó de la parte trasera de la camionera una escalera y una caja de herramientas y se acercó al capó del coche de Lezo.

A él, su coche le parecía pequeño porque no estaba hecho para su altura, pero en comparación a la shmeren parecía hasta grande. La camioneta de ella a duras penas llegaba al metro setenta, ¿superaría ella el metro treinta?

Claro que sabía que los shmeren son más bajitos que otras razas, pero no podía imaginar que todo lo de su país estuviera hecho a su medida. Aunque, ahora que lo pensaba, no era tan descabellado.

Pero para cuando había ordenado sus ideas ella ya estaba cerrando el capó de nuevo. ¿Cuánto había tardado? ¿Dos minutos? Y él llevaba dos horas allí tostándose al sol.

—La verdad es que poco más puedo hacer con lo que tengo ahora… —confesó ella rascándose la nuca y mirando hacia arriba. Al fin y al cabo, con los dos en pie ella le llegaba por el ombligo.

Ahora Lezo se fijó en el mono de trabajo sucio y las pesadas botas, en los músculos finos pero trabajados y en los coquetos pendientes brillantes que lucía en las orejas. Le pareció que aquella shmeren trabajaba su imagen mucho más de lo que parecía a primera vista. Y eso lo hizo pensar que era adorable. Sintió una pequeña punzada en el pecho y puso los ojos en blanco.

«La maldición, por supuesto», se dijo. Porque no tendría sentido una maldición fácil de esquivar. Porque los brujos podían cambiar los sentimientos de las personas con un pequeño batido cargado de supresores emocionales. La mecánica del cerebro era fácil de comprender. Y sin embargo la maldición lo hacía fijarse en esas cosas, enamorarse de la gente con facilidad. Hombres, mujeres, ancianos o animales. Veía lo mejor de cada persona y hasta los defectos más horribles le parecían entrañables.

—¿Hola? —Sintió la mano de ella pasar por delante de su cara. ¿Había saltado para llamar su atención? Casi tuvo el impulso de sonreír y decirle lo adorable que era, pero fingió salir de su ensimismamiento.

—Perdona, ¿qué decías?

Ella lo miró con una ceja arqueada, suspiró profundamente y repitió la perorata:

—Te he hecho un apaño en el coche. No aguantará mucho, pero lo suficiente como para que llegues a la siguiente ciudad. Allí está mi gremio y te lo puedo arreglar. Es raro ver un coche tan viejo en estos días, y más ver que lo conduce un héheran. Así que no te voy a aburrir con detalles pero me falta una pieza, importante.

Remarcó esto último y sintió que lo trataba por idiota. Quería decirle que no era un héheran centrado en la magia e ignorante de la tecnología; pero decidió callarse porque, al fin y al cabo, era un brujo incapaz de arreglar su propio coche.

—Tengo dinero —respondió llanamente—. Necesito ir a biblioteca de Shlata.

Ella pronunció más su arqueamiento de ceja. Frunció el ceño y los morros. Casi pareció ofendida, extrañada y confusa.

—La biblioteca… Tú. Desde Shiante la capital está a un tiro de piedra pero… ¿Sabes que solo pueden acceder a la biblioteca los shmeren? —le recordó, casi preocupada.

Porque los shmeren guardaban sus conocimientos a buen recaudo. El saber era lo que los convertía en una raza útil y necesaria para Bronalist. Y la joven shmeren pensó por un momento que estaba ante un ladrón de saberes.

—Lo sé. Pero lo que necesito de allí es un libro de cuentos del que me han hablado. Antiguo. Lo dejó un inmata allí hace años —explicó por encima Lezo.

Ella se quedó en silencio, asimilando y juzgando. Los shmeren de Brona que él conocía hacían eso también. Se te quedan mirando y pensando, juzgándote para bien o para mal sin reparos y sin disimular. Los shmeren son muy directos.

—Bueno. No es asunto mío —decidió ella, encogiéndose de hombros—. Soy Prinshia, pero casi todo el mundo me llama Prin.

Le tendió una mano y él la aceptó. La mayoría de shmeren evitaban el contacto directo con otras razas; pero quizá solo fueran así los de Brona, capital de los siete reinos de Bronalist. Sin embargo, al sentir sus dedos comprendió la aprehensión de los shmeren cosmopolitas: su piel tenía un tacto fascinante. Suave y rugosa, con la carne tierna pero firme. Los dedos tan pequeños que la mano de ella le cabía en la palma. Y sin embargo podía decirse que los dedos de Prin eran largos y ágiles. Lezo podía asegurar que los shmeren eran una raza de lo más particular.

—Soy Lezo. Un placer.

—Un nombre extraño para un héheran —admitió ella con una sonrisa cordial.

—Porque no lo soy. Soy un brujo —le hizo saber. Quería que ella supiera cosas de él, sorprenderla. Que lo mirara con la adoración con la que había mirado su coche.

—¿Un brujo que busca un libro de cuentos? —La carcajada que soltó lo cogió por sorpresa—. Seguro que es una historia interesante. ¿Por qué no me la cuentas de camino?

Para sorpresa de él, ella tiró de una bola del parachoques de su camioneta y sacó un cable para engancharla a su coche. Después, le tendió una mano.

—Será mejor que conduzca yo hasta la Shiante.

***

El camino fue ameno y divertido. Al menos, esa fue la sensación que tuvo Lezo. Porque Prin era una joven shmeren curiosa y directa que no paró de hacerle preguntas, y responder las dudas de él.

Le contó que su madre era héheran, su abuelo paterno faren y su padre mitad konata. Quizá también tuviera algo de inmata o waila, pero no tenía un registro familiar. Y ella se maravilló de cada una de sus aventuras en Brona mientras se apenaba de que ella nunca había salido de Shmera y su gremio. Descubrió que era la mediana de siete hermanos y trabajaba en el gremio de su familia. Se movía de acá para allá para conseguir las mejores piezas y precios y le encantaba aprender a hacer de todo. Soñaba con ser artesana ambulante y viajar por el mundo, aprender cómo funciona la magia cristalizada y cómo hacerla más eficiente. Se pasaron prácticamente las tres horas de viaje hablando del funcionamiento de las cosas, de cómo es Brona o de la casi guerra que casi se desata entre Farai y Héher.

***

Cuanto llegaron a Shiante, Lezo sintió que su pequeña burbuja de felicidad había durado demasiado poco. Sin embargo, Prin le habló un poco sobre la ciudad, le recomendó un lugar donde ofrecían habitaciones para no-shmeren y le enseñó su casa-taller.

La joven aparcó y saltó del vehículo antes de que él pudiera siquiera quitarse el cinturón. Para cuando él puso los pies en el asfalto, ella ya había desenganchado su camioneta y llamaba por teléfono a alguien para pedirle una ristra de piezas y contarle su encontronazo con un brujo.

—Te lo tendré listo en tres días. ¿Te va bien? —le preguntó ella mientras se guardaba el móvil en el bolsillo trasero del peto—. El problema es que no tengo ningún vehículo que puedas usar mientras tanto ni hay dónde alquilarlo… Quizá en Shlata haya algún sitio —decidió ella al fin—. La mejor forma de ir para ti es el tren que pasa cada cuarto de hora. La estación está a cinco minutos de aquí volviendo por donde hemos venido, a un tiro de piedra del hostal.

Él miró la calle detenidamente. Había llegado a una versión reducida de un pueblo grande y próspero. Sin duda alguna, el raro allí era él.

Después miró la caravana de Prin. Bastante grande, hasta él cabría dentro en pie y sin problemas. Pero no tenía unas ruedas puestas y mantenía el capó abierto.

—Es mi proyecto personal —sonrió ella abiertamente.

—¿Una casa para recorrer los siete reinos?

—Exactamente. El único problema es que es un vehículo híbrido que funciona con baterías mágicas imposibles de cargar en todo Shmera. Pero por eso mismo me encanta. Es mi reto y mi pasión.

—Comprendo ese sentimiento —admitió él. Porque lo más difícil siempre lo había vuelto loco. Deshacer la maldición en vez de vivir con ella, viajar por el mundo exponiéndose al amor como un suicida, flirteando sin reparos… ¿Se daría cuenta ella de cómo la miraba?

Se quedaron en silencio unos momentos, un poco incómodos, un poco nerviosos. Prin se sacó una llave inglesa de un bolsillo y se puso a darle vueltas.

—Bueno… Espero que encuentres ese libro de cuentos… y que me cuentes por qué has viajado por medio mundo para encontrarlo… Si quieres, claro —desvió ella la mirada.

—Claro. Voy a estar tres días enteros aquí así que me pasaré de vez en cuando a ver cómo va el coche y eso.

Ella lo miró de nuevo y se echó los dedos al lóbulo de la oreja, como para remarcar los evidentes brillantes de los pendientes.

—Hasta luego, entonces.

—Hasta luego.

***

Tal y como le había sugerido Prin en un principio, Lezo no podía acceder a la biblioteca así por las buenas. Habló con el bibliotecario de la entrada, y con la superior a ella y el superior de esta última. Se pasó el resto del día hablando con un montón de encargados de sección y directoras de tal tema. Hasta que pudo colarse en el despacho del consejo de bibliotecarios y les explicó sobre su maldición y las posibles respuestas en ese libro.

Al principio, no le creyeron. Y hasta él mismo empezaba a dudar de sus palabras de tanto contar lo mismo una y otra vez. Por supuesto, no entró en detalles y explicó que era una maldición de la que pendía su vida. Soltó algún detalle sobre la trágica muerte de su madre, su abuela y tatarabuelo.

Al final del día, tenía cita con un especialista en tomos ofrendados que lo vigilaría mientras leía el libro de cuentos en cuestión.

***

Y allí estaba de nuevo, frente a la caravana de Prin. Había reservado habitación en el hostal, se había duchado y se había pasado horas en tiendas en busca de algo con lo que premiar a la mujer que lo había sacado del mayor apuro de su vida (sin contar la maldición, por supuesto).

Al final se había decantado por hacer su trabajo. Compró algunos materiales y cogió otros de su bolsa. Pero quería darle los últimos detalles frente a ella. Para sorprenderla, para verla sonreír.

En ese momento pensó que nunca había disfrutado tanto hablar con alguien, aunque se había enamorado de aquella forma mágica y especial de muchas otras personas.

Cuando ella salió de debajo de su coche lo sorprendió, y él a ella, que soltó un pequeño grito.

—¡Por todos los clavos de Shmera! —soltó entre carcajadas Prin—. ¿Qué haces aquí?

—Vengo a ver cómo va el coche —sonrió él, inocente. Ella arqueó una ceja en respuesta y él se derritió por dentro ante el gesto. Torcía un poco el labio y le brillaba la chispa de la curiosidad en los ojos.

—Siguen siendo tres días porque necesito unas piezas… Pero de momento todo lo demás bien. ¿Noticias del libro?

Pero cuando él iba a responder ella se levantó y se acercó a la caravana para sacar de una pequeña nevera cercana una cerveza. La abrió y se la ofreció. Lezo la aceptó y comenzó a contarle su día mientras ella se abría otro botellín y se sentaba en los escalones de la caravana a escucharlo.

—… así que mañana podré, por fin, leer el libro que llevo siete años buscando —terminó su relato. Al decirlo en voz alta, se sintió ilusionado por primera vez en mucho tiempo. Porque quizá encontrara de una vez por todas la solución a su maldición. Una maldición de la que había estado indagando los últimos quince años de su vida.

—¿Y por qué es tan importante ese libro? Si puedo preguntar, claro —curioseó Prin. Lezo casi tuvo ganas de contarle la verdad.

—Antes quiero darte algo. ¿Tienes una mesa donde pueda ponerlo? —arqueó una ceja él. Levantó la bolsa que llevaba en la mano y ella arqueó las dos cejas. «¡Las dos cejas!», se derritió él por dentro.

—Pensaba que no me dirías nunca qué llevas ahí.

Prin se levantó de un salto y lo guió a una mesa lleva de herramientas. Dejó la cerveza a un lado y recogió con eficiencia los trastos que tenía desperdigados por encima. Se sacó un paño de tela de otro de los muchos bolsillos de su peto y limpió la mesa metalizada con un desengrasante cercano.

—Listo. ¿Qué es? Digo… No tenías que molestarte —fingió modestia. Se notaba que no estaba acostumbrada a recibir regalos. Al fin y al cabo, los shmeren no solían recibir sin dar nada a cambio. ¿La estaría forzando a hacer algo incómodo?

—Si te molesta que sea un regalo… Quizá pueda ser parte del pago por la reparación —ofreció él.

Dejó la bolsa sobre la mesa y empezó a sacar piezas de la misma. Prin le ofreció un taburete y se sentó, aunque se quedó con las rodillas a la altura del pecho al hacerlo. Al menos, no sufriría de la espalda mientras trabajaba.

La shmeren cogió otro taburete y se sentó en silencio al otro lado de la mesa. Apoyó los codos en la mesa y las mejillas en las manos para observar detenidamente lo que hacía el brujo.

Así, con un repentino pánico escénico, Lezo se puso manos a la obra para montar el transmutador de magia que le había enseñado a hacer su madre de pequeño. Casi no tenía recuerdos de ella como humana, pero los pocos que conservaba estaban llenos de momentos de magia, reparaciones y creación de la nada. Le encantaba recordarla mientras trabajaba, y por eso siempre aceptaba cualquier trabajo y aprovechaba cualquier excusa para hacer una simple poción o reparar un ojo ciego con tratamiento semanal durante meses.

Quizá, si no se hubiera dedicado tanto a cuidar de otros, habría encontrado antes aquel libro. Pero a Lezo nunca se le había pasado por la cabeza.

Prin, por su parte, empezaba a sentir curiosidad. Tenía una vaga idea de lo que estaba haciendo el brujo, pero no conseguía comprender el aparato en sí. Así que empezó a preguntar, quizá no tan directamente como solía hacer. Le preguntó qué era tal y tal pieza, cómo las iba a juntar y qué harían juntas. Y se sorprendió al encontrarse con un igual en él. Verlo explicarle cómo creaba algo de la nada, como ella había hecho tantas veces, la hizo sentir una extraña paz por dentro. Porque, por primera vez en mucho tiempo, estaba observando en vez de actuar y no le molestaba.

***

Listo. Un transmutador mágico —terminó Lezo. Quizá había tardado un poco más de lo normal, quizá había sido un poco torpe y había tenido que repetir algunos pasos. Pero lo había hecho sin magia alguna.

—¿Y para qué sirve? —se sorprendió ella. Se sacó unas gafas con lupa de otro bolsillo y observó con detenimiento la plataforma de carga, el transformador y las clavijas de seguridad.

Por un momento, Lezo sintió que le estaba tomando el pelo. Al siguiente comprendió que ella no le preguntaba por lo obvio del objeto.

—Pues conectas aquí una batería mágica y la puedes cargar desde aquí.

Prin frunció el ceño, no muy satisfecha con la respuesta.

—¿Y con qué la cargas?

—Conmigo, por supuesto.

Dicho esto, Lezo se levantó y se acercó a la caravana de Prin. Cogió la batería vacía de energía mágica que estaba anclada al motor y, con ella en las manos, volvió a la mesa. El rostro que tenía Prin para entonces lo estremeció por dentro.

—¿Vas a cargar mi caravana? —se emocionó ella—. ¿De verdad? ¡Quiero verlo! ¡Hazlo ya!

Los nervios incontenidos lo chocaron un poco. La ilusión que se reflejaba en la mirada de la shmeren le dijo que había valido la pena romperse los sesos hasta caer en que el regalo más práctico y obvio había sido la mejor opción.

Así que Lezo se sentó en el taburete de nuevo, colocó el cristal de aspecto irregular en la plataforma, lo ancló con la brida y apoyó los dedos sobre los transformadores. Cerró los ojos para concentrarse, pero los abrió casi de inmediato.

—Apártate de la mesa. El suelo aislará la energía sobrante.

Sin mediar palabra, Prin se levantó de un salto y se apartó medio metro. Tragó saliva y se echó las manos a la espalda. Como si le picara en las palmas no hacer nada de nada. Seguramente tenía ganas de sacar cualquier aparatejo de los muchísimos bolsillos de su peto, pero se detuvo a sí misma.

Entonces, Lezo volvió a cerrar los ojos y sintió el hormigueo propio de la magia en las yemas de los dedos. Escuchó el sonido del transformador, el cristal crujiendo y la desagradable sensación de su magia abandonando su cuerpo. Como un vómito iracundo que te quema la garganta. Y comprendió por qué se habían dejado de fabricar esas baterías en el acto, pero no se arrepintió y mantuvo una cara de póker constante.

Para cuando abrió de nuevo los ojos, Prin estaba a su lado con una botella de agua y cara de preocupación.

—Parece doloroso —casi lo riñó, ceñuda—. No tendrías que haberlo hecho. Te debo trece reparaciones más.

—Solo es un poco desagradable. No es para tanto —mintió él. Porque mentir se le daba mejor que esconder sus sentimientos.

—Entonces… ¿Ya está? —le preguntó ella mientras daba vueltas a la mesa y observaba el cristal. Ahora, su blanquecino color mate refulgía y parecía tener vida propia—. ¿Cuánto dura? ¿Cuánto cuesta recargarlo? ¿Dónde puedo ir a hacerlo?

Y calló. Se dio cuenta de que hacía demasiadas preguntas.

—Ni yo mismo lo sé. Nunca he trabajado con baterías de estas. Son de antes de que naciera. Y creo que ya no las recargan en ningún sitio por motivos evidentes.

»Pero con el transformador quizá encuentres alguien que quiera cargarla por un módico precio.

Prin se lo pensó un buen rato. Luego dio botes de alegría y montó el motor de la caravana. Se subió al asiento del conductor y la hizo ronronear dos minutos exactos antes de apagarla con una enorme cara de satisfacción.

Todo el trabajo mereció la pena. Prin lo invitó a cenar y dieron un paseo por el pueblo antes de que ella lo dejara en el hostal y se fuera a casa.

***

Y en eso mismo pensaba Lezo al día siguiente, sentado en una mesa pequeñísima a la espera de que el encargado trajera el libro de cuentos. Casi no había podido dormir pensando en la maldición, en el libro y en Prin. Prin… ¿Cómo le había dado tan fuerte?

Normalmente sabía actuar en consecuencia de estos enamoramientos. Había tenido muchas relaciones en muchos sitios diferentes, pero siempre había funcionado igual: citas, sexo y amistad al final. Porque por suerte para él se las ingeniaba para caer bien a la gente, no para gustarle.

Y sin embargo con aquella shmeren era diferente. ¿Por qué?

Se abrió la puerta del despacho y se sobresaltó. Un shmeren entró con un enorme tomo entre las manos y se recolocó las gafas antes de soltarlo con cuidado sobre la mesa.

—Me sentaré allí mientras lo lee. Pero antes tengo que volver a revisar que no lleva nada para duplicarlo ni fotografiarlo —le hizo saber.

Lezo aceptó sin más el escrutinio sin dejar de mirar el libro de tapas de piel y páginas amarillentas. Sin embargo, parecía nuevo. Sin duda alguna los shmeren sabían conservar libros antiguos.

Así que en el momento en el que el shmeren se sentó en una esquina de la habitación, sacó una cajita de herramientas y se dispuso a arreglar la patilla suelta de sus gafas, Lezo cogió el libro y lo abrió por la primera página sin miramientos.

Leyó y leyó sin buscar nada en concreto. Al fin y al cabo, los libros de los brujos escondían los secretos de dos formas: o tenías que leer entre líneas; o tenías que dejar de buscar para encontrar lo que querías. Así que probó ambos métodos.

Aprendió sobre algunas leyendas de las que no había oído hablar, descubrió que los siete reinos se habían construido sobre los cimientos de otros (algo bastante lógico) y comprendió también que en aquellos cuentos lo que había realmente era historia.

Y, si no estaba equivocado, la maldición de su familia venía de una antigua riña infantil de celos y venganza. Un castigo de un brujo a su aprendiz que era demasiado egoísta y no tomaba en cuenta los sentimientos de los demás.

Al comprender eso Lezo tuvo ganas de viajar en el tiempo y darle un buen mamporro al brujo y su antepasado. Uno por estúpido y el otro por no pensar que los hijos no son culpables de los actos de sus padres.

En general, se cabreó mucho con la situación. Pero al conseguir sacar la receta original del hechizo entre las páginas se calmó un poco y supo que podría hacer el contrahechizo.

Le costaría tiempo encontrar los ingredientes, pero lo conseguiría. Así que en cuanto estuviera el coche listo se iría como una exhalación hacia los confines de Konatis para encontrar el corazón de un guardatumbas.

***

Para cuando salió de la biblioteca tenía la mente mucho más clara, pero le dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes. El sol empezaba a ocultarse y la tarde refrescaba; así que decidió pasarse por la caravana de Prin antes de volver a casa. Quería contarle cómo había ido su día, desahogarse un poco y, si tenía suerte, llevarse un buen recuerdo de ella antes de marcharse.

***

¡Lezo! Justo el hombre que quería ver —lo saludó Prin desde su pequeño taller. Frente a ella había un shmeren barbudo con una sonrisa de triunfo—. Las piezas que me faltaban para tu coche acaban de llegar.

—¡Eso es perfecto! —se alegró él. Doble suerte el mismo día; aunque una parte de sí mismo pensaba que no quería que la balanza de la fortuna de reequilibrara—. ¿Cuándo estará listo entonces?

—Cinco minutos. Espérame aquí —le pidió, señalando un taburete y la nevera—. Muchas gracias por todo, Reshken. —Le dio la mano al shmeren barbudo y este hizo una reverencia a Lezo antes de marcharse.

Dicho esto, Prin se remangó la camiseta hasta los hombros y examinó la pieza mientras se subía a una escalerita frente al coche de Lezo.

Él la observó trabajar tranquilamente. Casi como parte de una rutina, como si lo hubiera hecho durante toda su vida. «Y me la pasaría mirándola», pensó por un momento. Después, pensó en todo lo que tenía que hacer y nada más. No se permitió hacer planes, imaginar cómo sería una vida con ella por la carretera, ambos arreglando los problemas de los demás. Sin maldiciones, sin preocupaciones… Libre.

Y entonces tuvo que reconocerse a sí mismo que el enamoramiento propio de la maldición no era así. Es más, se dio cuenta de que sin la maldición también estaría loco por ella. La curiosidad lo mataba porque quería saberlo todo de Prin: quería observarla dormir, verla cocinar de nuevo y recordar cada microexpresión de su rostro. Quería verla llorar de la risa y enfadarse con él. Quería verla pelearse con quien hubiera ofendido su trabajo (porque sabía que era capaz de aquello) y sonreír enternecida y asombrada ante una cría de dragón.

Suspiró y dejó de soñar. «Cuatro ingredientes», se dijo. Cuatro paradas en un camino largo y tortuoso. Después haría lo que quisiera.

Pero… ¿y si lo que quería lo tenía justo delante? ¿Sería capaz de volver a Shiante a buscarla? ¿Estaría ella allí para entonces?… «No debería haberle cargado la batería».

—Con esto te durará unos quinientos mil quilómetros más —sonrió satisfecha Prin mientras se quitaba los guantes y los tiraba a la caja de herramientas más cercana. Aceptó la cerveza que le ofrecía Lezo y se sentó en su rodilla. Él se tensó—. Mañana por la mañana puedes irte, ¿sabes?

—¿Cómo sabes que me voy a ir mañana por la mañana?

—Porque tienes cara que tengo yo cuando comprendo cómo funciona un aparato nuevo. Pareces satisfecho y con ganas de continuar lo que sea que estás haciendo en tu viaje.

Lezo la miró detenidamente mientras ella observaba un punto fijo en el infinito. En los ojos de ella se dibujaba la pena. Una pena serena y conformista.

—¿Sabes, Lezo? No hace falta que digas nada. Casi prefiero que no me respondas. Pero quiero que sepas que me alegro de haberme parado a arreglarte el coche (porque lo hice porque ese coche me gusta mucho) y haberte conocido. La verdad es que me gustas más de lo que pensaba y quiero que tengas mi número de teléfono. Por si acaso, por si te apetece saber por dónde ando yo. Porque mañana mismo me marcho de aquí.

Prin lo miró por curiosidad, para saber cuál era su reacción aun si le había pedido que no respondiera. Y le chocó lo que se encontró. Lágrimas, espesas y enormes que caían como regueros por su cara. Quiso pedir perdón pero él se levantó repentinamente.

Se oyó un crac y Lezo cayó de rodillas al suelo. Prin cayó al suelo en consecuencia y las cervezas rodaron por el suelo bien lejos.

—No… Mierda… ¿Por qué…? —atinó a decir el brujo—. ¡Corre! ¡Dame papel y lápiz! —mandó, y Prin se levantó de un salto para ofrecerle lo que quería.

Con el lápiz en la mano dibujó unos garabatos, se clavó el lápiz en la palma y manchó el papel antes de arrancarlo de la libreta, hacerlo una bola y tragárselo. Se resintió, suspiró, y Prin se quedó atónita mientras ahora el brujo escribía una lista de la compra. Indicaciones para algo.

Al terminar, la miró:

—Lo siento —confesó—. Pero voy a maldecirte.

Prin reaccionó al agarre, pero no a tiempo. Lezo la cogió de la mano y le metió la libreta en el bolsillo del pecho, le pasó la mano ensangrentada por la cara mientras murmuraba un conjuro y ella sentía que le ardía el pecho. Le dolió, gritó. Pero no había nadie en la calle para escucharla.

Cuando la besó, todo el dolor desapareció, y él también. Sus ojos se oscurecieron y donde había unos labios apareció un hocico. Los huesos se rompieron y la piel se convirtió en pelo. Atónita, Prin observó aterrada cómo Lezo se convertía en un lobo grande y negro.

Casi vomitó, varias veces. Pero lo soportó y lloró por él mientras escuchaba sus últimas palabras humanas antes de perder el sentido.

«Lo siento. Te quiero».

***

A la mañana siguiente no había rastro del brujo ni la shmeren en Shiante. El coche estaba escondido en un garaje y la caravana de Prin había abandonado el que había sido su lugar de descanso por muchos años. Con neumáticos nuevos y un motor ronroneante, la mecánica abandonó su hogar en dirección a Konatis mientras, en el asiento del copiloto, un enorme lobo negro la observaba indiferente.

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